ROUX, Ana

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ROUX, Ana

Biografía

Ana Roux nació en Salamanca en el año 1994. Licenciada en Medicina, se dedica a la escritura desde que era pequeña, compaginando esta pasión con su labor profesional. Puesto que sus géneros favoritos son la fantasía y la ciencia ficción, en ellos se enmarcan sus obras: Hijas de la guerra (2018), Lionheart (2020), Nightingale (2022)…

Además de publicar varias novelas, Roux ha participado en algunas antologías de relatos como Iridiscencia II Premio Ripley. Sus últimas obras, Lionheart Nightingale, conforman una bilogía que mezcla ucronía y fantasía. La primera de ellas ganó el Premio Ignotus en el año 2021.

 

Obra

NARRATIVA

Hijas de la guerra (2018).
Larga vida a la reina (2019).

Saga Lionheart:

Lionheart (2020).
Nightingale (2022).

COLABORACIONES EN ANTOLOGÍAS Y REVISTAS

No son molinos. Una antología de cachava y boina (2017). Con «La sombra del candil».
Visiones 2018 (2018). Con «La gota que derrama el vaso».
Iridiscencia (2018). Con «Al-jinn».
II Premio Ripley (2018). Con «Buen viaje».
Actos de F.E. (2019). Con «Fase 3».
Supersonic (2019). Con «Brindis al sol».
Matreon (2021). Con «Volverás al origen».

Premios

2018: Segundo puesto en el II Premio Ripley de relato de ciencia-ficción y terror para escritoras.
2021: Premio Ignotus a Mejor Libro Infantil-Juvenil.

Poética

Texto

La bala de cañón silbó en el aire antes de estrellarse contra el navío. La madera del casco crujió con el impacto, pero aguantó el envite sin abrir ni una grieta. El viento del oeste pareció celebrarlo con un silbido, que sacudió el barco de proa a popa hasta hacerlo cabecear entre las nubes. Un rey balanceándose en su trono.
—¡Batería de estribor, recargad!
Los marineros se afanaron en tirar el carro de los cañones hacia atrás para volver a introducir dentro la pólvora y las balas. En sus oídos restallaban las voces de los oficiales al mando de cada división, repitiendo las órdenes del primer teniente.
—¡Destrincad los cañones! ¡Nivelad el carro! ¡Sacad los tapabocas! ¡Cebad! ¡Las bocas por las portas! ¡Apuntad los cañones!
—Todo listo, señor.
El capitán Fellowes asintió desde el alcázar de popa. Su cabello rubio veteado de blanco se mecía al viento, al igual que su abrigo de lona ya empapado por la humedad de las nubes que los rodeaban, que protegía la tela azul y dorada de su uniforme de la Marina Aérea. Una gota resbaló por las arrugas de su frente al hinchar el pecho para coger aire.
—¡Fuego!
La orden pasó de oficial a oficial con un grito que resonó al mismo tiempo en dos centenares de gargantas.
—¡FUEGO!
Cada mecha prendió en menos de un segundo y una nueva andanada de plomo salió disparada hacia el barco enemigo. Esta vez, los proyectiles alcanzaron de lleno su objetivo. Incluso a un cable de distancia, desde la cubierta percibieron el sonido de la madera al quebrarse en un millar de astillas y los gritos de dolor de los marineros acuchillados por la metralla.
Fellowes sonrió mientras su tripulación soltaba un alarido de triunfo.
—Señor Marlow, acerque el navío. Vamos a abordarles —le indicó a su segundo oficial, a cargo del timón durante la batalla—. Señor Byrne, preparen una nueva descarga a mi señal.
—Sí, señor —respondieron ambos tenientes.
El capitán se apoyó en el pasamanos y observó el aire que les separaba de su presa. No tardaría en ser suya. Después de semanas atascados por el bloqueo francés, intercambiando cañonazos inútiles en la distancia, todos los que iban a bordo de la fragata HMS Lionheart estaban sedientos de un poco de acción.
Mientras en los otros frentes se enriquecían con oro y honores, el destacamento de la Armada Aérea de su Majestad en el Atlántico Sur languidecía sin pena ni gloria en medio del vasto océano. Flotaban a mil pies por encima del mar en calma, tan alto que ni los albatros se acercaban a saludarlos, aguantando el empuje del aire
como estatuas mortecinas. En esa época del año, ni siquiera las corrientes de los alisios resultaban peligrosas, y tenían más riesgo de ser engullidos por las serpientes marinas, que creían ver saltar entre destellos sobre la superficie, que de morir atravesados por un balazo enemigo.
Aunque tampoco es que ningún marinero quisiera descender para comprobar si eran reales o no. De piedra o de carne y hueso. Corrían demasiadas historias sobre lo que los maestros alquimistas de ambos bandos habían conseguido recrear en sus laboratorios, y los monstruos mecánicos de fauces afiladas como riscos no eran la peor de ellas. Desde cañones que disparaban de un lado del Canal de la Mancha al otro, hasta soldados hechos de roca que marchaban imparables sobre los campos franceses.
Fellowes sintió un escalofrío arañándole la columna. Sólo de imaginar a Bonaparte con esa clase de poder en sus manos se le helaba la sangre. Por eso le enervaba tanto estarse quieto, sin hacer nada, como un león enjaulado. Rozó con el pulgar la empuñadura de su sable, que centelleó como si tuviera un millar de luciérnagas engarzadas en el metal maleado por la alquimia, preparándose para usar su poder y rasgar la carne enemiga como si fuera mantequilla. Aquella descarga le erizó el vello del antebrazo.

 

(De Lionheart, 2020).

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