LANDERO, Luis

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LANDERO, Luis

Biografía

Luis Landero nació en Alburquerque (Badajoz) en 1948, en el seno de una familia de campesinos. Emigraron a Madrid en 1960. Empeñado su padre en que Landero estudiara, este se vio obligado a trabajar en una serie muy variopinta de oficios con que pagarse los estudios. Entre ellos, el futuro escritor ejerció como guitarrista profesional (experiencia de la que se valió para escribir El guitarrista) y profesor de guitarra desde los dieciséis hasta los diecinueve. Con estos trabajos se costeó los estudios de Bachillerato y, a partir de los diecinueve, los de Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. En la misma universidad ejerció como profesor ayudante en la Sección de Filología Francesa. Fue profesor de Lengua y Literatura españolas en un Instituto de Bachillerato de Madrid e impartió clases en la Escuela de Arte Dramático de la misma ciudad. Desde la aparición de su primera novela, ha publicado artículos en la prensa (El País).

 

Obra

NARRATIVA

Juegos de la edad tardía (1989).
Caballeros de fortuna (1994).
El mágico aprendiz (1999).
El guitarrista (2002).
Hoy, Júpiter (2007).
Retrato de un hombre inmaduro (2009).
Absolución (2012).
La vida negociable (2017).
Lluvia fina (2019).
El huerto de Emerson (2021).
Una historia ridícula (2022).

ENSAYO

El oficio de escritor (1994).
Entre líneas: el cuento o la vida (1996; 2001).

OTROS

Esta es mio tierra (2003).
¿Cómo le corto el pelo, caballero? (2004). Artículos de prensa.
El balcón en invierno (2014).

Premios

1989: Premio Ícaro para nuevos creadores.

1990: Premio Mariano José de Larra.

1990: Premio Nacional de Literatura por Juegos de la edad tardía.

1990: Premio Nacional de la Crítica por Juegos de la edad tardía.

1992: Premio Mediterráneo a la mejor obra extranjera.

1992: Grinzane Cavour de Literatura.

2000: Premio Extremadura de creación.

2005: Medalla de Extremadura.

2007: XV Premio Arcebispo Juan de San Clemente por Hoy, Júpiter.

2015: Premio Libreros Madrid

2015: Premio Dulce Chacón de Narrativa española.

2022: Premio Novela Europea Casino de Santiago por Lluvia fina.

2022: Premio de las Letras Teresa de Ávila.

Poética

FRAGMENTOS DE ENTRE LÍNEAS (2001)

– «Somos narradores por instinto de libertad, porque nos repugna la servidumbre de la propia condición humana en un mundo donde no suele haber sitio para nuestros afanes de verdad, de salvación, de plenitud.»

– «La vida, con su tiempo lento y a menudo vulgar, se nos antoja a veces una suma de peripecias irrelevantes. Pero si uno mira el pasado, entonces advierte una trama de episodios significativos. La vida, de pronto, tiene un argumento y se parece mucho a una novela…»

– «El carácter imaginario del pasado nos convierte a todos en poetas.»

– «Y así es como a Manuel le gusta definir el arte: como un intento de expresar lo inefable. Toda novela es sólo la sombra de otra, perfecta y arquetípica, que el escritor ha vislumbrado en sus ensueños.»

– «Para Manuel, las escenas son lo más importante del arte narrativo, porque es a través de ellas como se va expresando en cada momento la visión de la realidad»

– «Una frase puede estar muy bien escrita, y también la siguiente y la de más allá. Pero sólo cuando estas frases se ponen al servicio de una escena vigorosa y significativamente concebida, es cuando se empieza a traspasar la frontera que media entre escribir bien y hacer una novela.»

– «Se hace camino al andar: se hace relato al escribir. Las cosas nunca salen como se proyectaron, afortunadamente (…) Pero lo importante, lo único en verdad importante, es dejarse el alma en el intento desesperado y gozoso de decir lo indecible. O dicho de otro modo: de fracasar, pero gloriosamente.»

(De Entre líneas: el cuento o la vida, Barcelona, Tusquets, 2001)

 

Texto

JUEGOS DE LA EDAD TARDÍA (1989)

La mañana del 4 de octubre, Gregorio Olías se levantó más temprano de lo habitual. Había pasado una noche confusa, y hacia el amanecer creyó soñar que un mensajero con antorcha se asomaba a la puerta para anunciarle que el día de la desgracia había llegado al fin: «¡Levántate, pingüino, que ya se oyen cerca los tambores!», le dijo. Miró el cuarto en penumbra y de inmediato, derrotado por la ilusión de estar soñando la vigilia, volvió a cerrar los ojos «Bah, todavía es tarde para huir», contestó desde la duermevela, y aunque por un momento se consideró a salvo, enseguida adivinó que progresando en el absurdo acabaría encontrando en él las leyes lógicas que lo emparentabn con la realidad. Así que reunió valor para decir, «estoy perdido», y añadió, «perdido en una selva amazónica con una con una caja de zapatos y una navaja múltiple», y otra vez comprendió que estaba levantando un parapeto de urgencia que lo defendiese de las asechanzas del mundo. Pero las palabras debían de haber perdido sus propiedades mágicas. Para confirmarlo, dijo en alto, «penibán», y quedó alerta, escuchando los efectos de tan formidable declaración. No ocurrió nada: ni siquiera las cosas veteranas de siempre, con sus nombres ilustres de siempre, elevaron la más débil protesta contra la irrupción del intruso. Un reloj dio las ocho, y el tiempo amenazó entonces con recuperar su sentido lineal.
Inspirado en el eco de la última campanada, Gregorio se imaginó la agonía de un movimiento originariamente impetuoso. Vio morir las olas contra el faro, la calderilla postrera de una gran fortuna, el suspiro final de un alma apasionada, y no sólo se negó a reconocer en esas visiones los síntomas precursores del presente, sino que retrocedió en el tiempo hasta encontrar a Aquiles detrás de la tortuga, y cuando a punto estaba de proclamar que el mundo era ilusión y sólo ilusión, salió a la realidad con una tragantada de pánico.
Y sin embargo, ¿qué era aquel rumor en desbandada que se oía afuera? Escuchó con tanta atención que no tardó en reconocer los pasos de unas raquetas en la nieve y el aullido de los lobos en un bosque de abetos, y por un instante se llenó con la euforia lúgubre de su mejor héroe de ficción, Luck Turner, protagonista de la novela Vidas salvajes, cuyos datos constaban en los ficheros de las más prestigiosas bibliotecas públicas de la ciudad. Cuando al cabo de mucho tiempo se desvaneciese el recuerdo de aquellos años y floreciese en el país una generarión inocente, quizás entonces alguien encontrase un hombre flotando a la deriva de los siglos, no asociado a un crimen, a un capitel o a unas palabras, y ni siquiera a una anécdota, sino simple y mágica partícula en suspensión, tan absurdo y exacto que acaso quedara como cifra de la condición y destino de una época.
Pero no: lo más probable -advirtió, desazonado por la lucidez- es que bastase un débil coletazo municipal para desbaratar aquel tinglado que tanto pudor, vigilia y osadía le había supuesto. Y ya se disponía a regresar al Amazonas, cuando volvió a entrar el mensajero y se detuvo junto a la mesilla de noche. Sintió su aliento en la oreja y oyó decir su nombre, con apremios nasales:
-¡Gregorio, Gregorio, que nos vamos, que te quedas solo, que ya son las ocho, que ya se oyen cerca los tambores!
Recordó entonces que aquel día, 4 de octubre, pasaba el General por la ciudad. En el pasillo, las dos mujeres parecían dispuestas a partir, pero siempre las retenía en la oscuridad un asunto de última hora. «Póngase usted de fiesta, perfúmese, cálcese de lujo, esté ciega y quédese aquí esperando como un pantaruja», dijo una de ellas, difuminándose en la estela de sus propios reproches.

(De Juegos de la edad tardía, Barcelona, Tusquets, 1990, pp. 15-16)

 

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