GONZÁLEZ SÁINZ, J. A.

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GONZÁLEZ SÁINZ, J. A.

Biografía

Nacido en Soria el 1956, ha vivido en Barcelona (donde se licenció en Filología Hispánica), Madrid y, durante veinte años, en Venecia (Italia). Es autor de varias novelas y ha publicado relatos en libros colectivos como Narracions (1991), Los cuentos que cuentan(1999), Reisende auf Abwegen (Austria, 1993), Cierzo soriano. Narradores para el XXI (1999), Relato español actual (2003), Racontare Trieste 2004 (Trieste, 2004), y en diversas revistas como Sin embargo (Sevilla, 1994, núms. 1, 6-7, 11), y Letra Internacional (1996, números 47, 49). En la actualidad es profesor y director cultural del CIAM y en él está impulsando el desarrollo de una Escuela de Humanidades.

 

 

Obra

NARRATIVA

Los encuentros (1989).
Un mundo exasperado (1995).
Volver al mundo (2003).
Ojos que no ven (2010).
El viento en las hojas (2014).
La vida pequeña. El arte de la fuga (2021).

OTROS

Porque nunca se sabe (1985). Junto a Ignacio de Llorens.

TRADUCCIÓN

Claudio Magris, Microcosmos (1999).
Claudio Magris, Utopía y desencanto : historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad (2001).
Claudio Magris, A ciegas (2006).
Claudio Magris, Así que usted comprenderá (2007).

Premios

1995: Premio Herralde de Novela por Un mundo exasperado.
2005: Premio de las Letras de Castilla y León.

 

Poética

COMO EL AGUA EN EL CUENCO DE LAS MANOS
(La impresión de la extrañeza)

En el principio está la extrañeza, el desajuste, no el verbo. Hay ocasiones en que una impresión de extrañeza se nos cuela de rondón a través de la costra modorra y engreída de nuestra cotidianidad y nos sumerge de repente en una dimensión en la que perdemos pie, en una inquietud voraginosa que seguramente siempre ha estado ahí, inherente como un envés, pero que ahora se nos destapa. No sabemos lo que destapa, pero sí que eso que destapa se nos lleva, nos engulle y absorbe hacia un fondo originario en cuyo extremo las posibilidades son tantas que son totalidad y se corre el riesgo de desaparecer. Esa angustia de la desaparición y el desajuste nos pone en contacto con el primigenio apabullamiento de la realidad, contra el que la cultura ha ido levantando y afinando progresivamente los baluartes de sus relatos para defenderse. Mito, religión, arte, filosofía, literatura, ciencia o espectáculo son los distintos relatos que el hombre ha ido poniendo en pie para ampararse de la zarpa de la realidad y encontrar en ellos algún arrimo, algún agarradero. Algunos de esos relatos son o han sido de tal envergadura que no sólo le han permitido mantenerse a flote, sino apoderarse con fuerza de la realidad y dominarla, hasta el extremo de llegar incluso a burlarle y convertirle en víctima de su otra zarpa, del zarpazo especular de los relatos que dan cuenta de ella. La extrañeza y el desajuste -la angustia- ante la costra modorra y engreída de esos relatos, imágenes y espectáculos hegemónicos que abotargan y obturan es inversa pero especular a la primera.
El compromiso del escritor en cuanto productor de relatos -de «elaboraciones del mito»- que nos amparen de ambas angustias y ambas soledades, las producidas por el despotismo de la realidad y la crudeza y las engendradas por el despotismo de sus relatos y reelaboraciones, es, fuera de toda la inacabable cháchara sobre «el compromiso del escritor», no escurrir el bulto al enfrentamiento con esas dos zarpas, es afrontar -¿buscarlos con la escritura?- esas extrañezas y desajustes sobrevenidos o consustanciales y dejarse llevar por la inquietud -azar, dolor, asombro, juego o crisis-, es no hurtarse a esa vorágine sino lanzarse a ella para intentar dar nombre a las cosas, procurarles forma y ponerles rostro hasta que parezcan dotadas de sentido. Sabedores además de que la única forma de no sucumbir a la vorágine es dispensar nombre y forma en tanto pertenecientes a una comunidad -no sucumbir como individuo tal vez no sólo sea improbable sino sobre todo irrelevante-, en tanto fruto de la necesidad de ésta de elaborar instancias que nos defiendan de los despotismos aludidos, de los horrores y alienaciones de los despotismos especulares de la realidad y de los relatos y espectáculos de ésta cuando se obturan, resecan y atascan, y lo que fue un agarradero es luego el mayor peligro y la mayor falta de sentido.
Los relatos -que sean novelas o cuentos, u otra cualquiera de las modalidades de escritura o relato de enclave o de frontera, sólo depende para mí de la entidad y elaboración de esa impresión de extrañeza- son pues los distintos intentos de disponer un orden en el sobrevenido caos de la realidad o un desorden en la atascada indiferencia de la realidad de los lenguajes y elaboraciones de la realidad. Dar un orden al caos quiere decir en nuestro caso disponer un tiempo, construir un lugar, habitarlo de personajes y desplegar sucesos y pensamientos de modo que esa disposición y construcción, esa habitación y despliegue nos haga más habitable el mundo externo a los relatos -esa pequeña parte de nuestro mundo- y el mundo de relación con ellos.
Entre los distintos relatos que a ello aspiran, tal vez el literario sea el menos presuntuoso. El relato científico o filosófico no se entiende sin grandes dosis de presunción, que en ellos es consustancial. Pero el relato literario, si es verdad que estructura un orden y da pábulo a un sentido por medio del despliegue de una narración, no elimina el caos sino que lo conserva y, es más, lo custodia; no suprime la contradicción sino que la replantea, la desplaza y la pone en el disparadero de un proceso aperturas de significación, de producciones y desvelamientos de sentido que, sin embargo, a poco que nos descuidemos, se vuelven a velar y cerrar, precisamente por esa pervivencia intrínseca de la contradicción. Lo que hace la literatura es traer el caos (o la indiferencia) a la casa del lenguaje y hospedarle, asearle, agasajarle -¿darle una taza de tila?, ¿unos tranquilizantes?, o bien unos buenos cachetes a la indiferencia, ¿un puntapié en la espinilla para despabilarla?, ¿en el estómago?- con el objeto de hacerlos, y hacernos, más presentables a nuestros vecinos y a nosotros mismos. Por un momento parece que entendemos, que intuimos y hacemos pie o nos sentimos acompañados -¿hacemos incluso planes, programas? Pero al poco todo, ¿o casi todo?, acaba por irse al garete o se vuelve insípido y es como si sólo hubiese sido un espejismo. Como el agua en el cuenco de las manos, que produce una ilusión de que se mantiene e incluso es verdad que se mantiene allí por un momento, el momento justo para beber un poco o mojarse los labios y aliviar algo la sed, pero que al cabo se escurre y hay que volver a apresar más agua, así el sentido en el relato literario, que se apresa un momento y luego se escurre y hay que recurrir a otros relatos o volver a la lectura del mismo, porque la aparición de sentido se da en una práctica, en una relación o procedimiento y nunca como una realización definitiva. Por eso las prácticas de la escritura y la lectura son infinitas, o por lo menos tan infinitas como lo sean nuestra sed y nuestra necesidad de abrigo en un sentido que no nos aplaste como tan fácilmente les es dado hacerlo, a poco que uno se descuide, a los derivados de otros relatos ideológicos, religiosos o científicos.
La extrañeza puede surgir ante una posibilidad teórica, como en Kafka, o ante una pérdida práctica y material, como el abrigo en Gogol, o ante los gestos más elementales de los personajes más elementales de lo cotidiano como en Jiménez Lozano -por citar sólo tres de entre mis preferidos-, pero en todo caso debe dotarse luego de un horizonte teórico de conocimiento, afrontar una pérdida y codearse con lo elemental. El verdadero deber del escritor, su verdadera responsabilidad, es elaborar respuestas (relatos) a esa cuña que ha introducido la extrañeza, seguir esa vía de agua que ha abierto, y rastrearla, husmearla como si lo que persiguiera fuese una presa de caza, una fiera; tal vez haya que coquetear incluso obscenamente con ella, jugarse el tipo si es necesario, pero en todo caso perseguirla sin descanso, buscarla y apremiarla con todos los ardides que le brinda la técnica que ha aprendido y las bazas de su intuición, con el temor a ser devorado y la ilusión de cazarla de una vez por todas. Temor tal vez verdadero, pero ilusión vana, porque la pieza que aspira a cobrar es la ausencia.
El sueño de algunos relatos es que el caos que acecha al hombre tuviera lugar sólo en las palabras, que el relato fuera tan poderoso que operase un definitivo desplazamiento y se configurase como la casa y el refugio definitivos del dolor donde toda extrañeza acaba siéndonos familiar. Entonces el verbo sí que sería verdaderamente el principio. Pero es un sueño demasiado hermoso -es un sueño bíblico- y también demasiado altivo y totalitario -¿demasiado tranquilizador?- y en lo que hace al relato literario, creo, no le cumple mejor ni más paradójica función que la de aguafiestas de esos sueños, recordándoles -como un memento mori barroco- que en el fondo son como él, que parte de la extrañeza para devolvernos a ella un poco más allá, y sólo sirve para aplacar momentáneamente la sed, para mojarse los labios hasta el próximo manantial, como con el agua en el cuenco de las manos.

(Publicado en J. A. Masoliver Ródenas y Fernando Valls, Los cuentos que cuentan, Barcelona, Anagrama, 1999).

 

 

Texto

En todo paraíso hay siempre tarde o temprano una serpiente, me decía mi madre, que como supongo que sabes era de un pueblo de Salamanca y huyó de España después de la guerra. Vivió en Madrid llena de vida y de entusiasmo aquella época, y luego en París y en Viena unos años llenos de turbulencias y aventuras y, sobre todo, de amor a mi padre; pero de repente todo se le vino abajo, todo empezó a desmoronarse y avinagrarse. Mi padre, una persona enérgica y emprendedora, con un verdadero don de gentes, se hizo cada día más ácido e insoportable a partir de un accidente de tráfico que le dejó muchas secuelas y que coincidió con un final muy mal digerido de su juventud, y entonces la casa, aquella estupenda casa de Viena en la que habían vivido como en una especie de paraíso tras haberlo hecho en tantos pisos minúsculos y destartalados de tantos sitios, y no solamente la casa, sino la ciudad y el país entero y su cultura se le fueron haciendo cada vez más tristes, más grises y aborrecibles y como vaciados. Mi padre acabó echándonos y gastándose su fortuna con mujeres de tres al cuarto que le complacieron mientras le duró el dinero, y nosotros nos mudamos a un pequeño piso de las afueras. Vi a mi madre volver a trabajar otra vez cada día en lo que le iba saliendo al principio, salir de madrugada con un frío que echaba para atrás y volver ya de noche a sus años, la vi envejecer de repente, arrugarse y enflaquecer y andar desmejorada por el pasillo de casa arrastrando los pies como si de pronto se hubiese convertido en una viejecita. Nunca quiso volver a España; ya no quería hablar más que español conmigo y con las dos amigas españolas que tenía en Viena y cada vez escribía y recibía más cartas de allí, pero nunca quiso volver. Hay siempre un momento en la vida, decía, en que las cosas, si han ido bien, se empiezan de repente a torcer. Puede tardar mucho o poco ese momento, pero siempre llega. Entonces todo empieza de pronto a desmoronarse, te quedas sola o enfermas o te arruinas -a lo mejor sólo envejeces- y empiezas a saber entonces cuál era el verdadero sentido de algunas cosas y el significado de lo irreversible. Todavía no tienes palabras para expresarlo, o tal vez no tienes quien te escuche, pero tú sabes que en todo caso ya no podrás ser nunca feliz a partir de entonces más que a pequeñas dosis, en pequeños ratos pasajeros que no son sino momentáneas cesaciones del dolor o la soledad o la amargura y la melancolía de seguir viviendo. Pero siempre hay un momento en el que te das cuenta de que, si no lo has sido ya, ya no podrás ser nunca feliz en la vida. Ése es el momento en que ves la cabeza de la serpiente asomar en forma de accidente o de hospital o marido o a lo mejor sólo de habitación vacía, recuerdo que me decía. Y a mí, junto a Miguel, me daba por pensar, al recordar esas palabras de mi madre, en que, quizá, si en todo paraíso es verdad que acaba por haber siempre tarde o temprano una serpiente, quién sabe si en toda serpiente no puede haber asimismo siempre, por más raro, oculto o enrevesado que parezca, también un paraíso.

(Final del Capítulo 12 de la segunda parte de Volver al mundo, Barcelona, Anagrama, 2003).

 

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