GALA, Antonio

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GALA, Antonio

Biografía

Nace el 2 de octubre de 1930 en Brazatortas, Ciudad Real. Cursó y finalizó con éxito las carreras de Derecho, Filosofía y Letras y Ciencias Políticas. Se hizo cargo de la dirección del Instituto Vox de Cultura e Idiomas, así como de las galerías de arte Mayer, El Árbol y la sala La Borghese de Florencia. Antonio Gala destaca en el panorama literario español por ser uno de sus autores más prolíficos, cultivando todos los géneros con éxito (poesía, narrativa, teatro). Comienza su andadura literaria a través de su afición a la poesía, lo que le llevó a fundar las revistas Aljibe y Arquero de Poesía, junto a Gloria Fuertes y Julio Mariscal. Como dramaturgo ha obtenido numerosos reconocimientos, entre los que destaca el Premio de teatro Calderón de la Barca. Su producción dramática destaca por la superación de la realidad al tratar temas universales para el hombre, como el amor, la libertad, la justicia social o la esperanza, por la importancia que concede a sus protagonistas femeninas, por la sutil mixtura de lo popular y lo culto y por el empleo de un lenguaje fluido, rebosante de ingenio e ironía. Su obra Los buenos días perdidos recibió el Premio Nacional de Teatro. Su faceta de novelista comienza con El manuscrito carmesí, premio Planeta de 1990, y continúa hasta hoy.

También es necesario reconocer su asidua participación como columnista en numerosos periódicos de tirada nacional (El País Semanal, El Independiente, El Mundo, etc.). Y su publicación posterior en libros como Charlas con Troylo, En propia mano, Carta a los herederos, La soledad sonora, La casa sosegada, etc.
En los años 1993, 1994, 1996, 1997, 1998 y 1999 fue el autor más vendido en la Feria del Libro de Madrid. Sus obras están traducidas a un gran número de idiomas, entre los que cabe destacar: francés, inglés, alemán, italiano, portugués, brasileño, árabe, ruso, esloveno, húngaro, griego…Su teatro se ha representado en multitud de países, entre los que se encuentran México, Argentina, Venezuela, Chile, Francia, Grecia, EEUU… Y ha sido representado por las actrices y actores más importantes y conocidos.
En el año 2002, después de varios años de reforma en el convento del Corpus Christi que la alberga, se inaugura la primera promoción de la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores, en Córdoba, que, en opinión del propio autor, es su mejor obra, y de la que se siente más orgulloso. El lema de dicha Fundación es un versículo del Cantar de los Cantares: Pone me ut signaculum cor tuum (Ponme como una señal sobre tu corazón).

 

 

Obra

POESÍA

Enemigo íntimo (1959).

11 sonetos de La Zuba (1981).

27 sonetos de La Zuba (1987).

Poemas cordobeses (1994).

Testamento andaluz (1994).

Poemas de amor (1997).

El poema de Tobías desangelado (2005).

Desde el Sur te lo digo (2019).

 

TEATRO

Los verdes campos del Edén (1963).

El caracol en el espejo (1964).

El sol en el hormiguero (1966).

Noviembre y un poco de herba (1967).

Spain’s strip-tease (1970).

Los buenos días perdidos (1972).

Los buenos días perdidos (1973).

¡Suerte, campeón! (1973).

Anillos para una dama (1973).

Las cítaras colgadas de los árboles (1974).

¿Por qué corres, Ulises? (1975).

Petra regalada (1980).

La vieja señorita del paraíso (1980).

El cementerio de los pájaros (1982).

Trilogía para la libertad (1983).

Samarkanda (1985).

El hotelito (1985).

Séneca o el beneficio de la duda (1987).

Carmen, Carmen (1988).

Cristóbal Colón (Libreto de ópera) (1989).

La truhana (1992).

Los bellos durmientes (1994).

Café cantante (1997).

Las manzanas del viernes (1999).

Inés desabrochada (2003).

 

ADAPTACIONES TEATRALES

El zapato de raso, de Paul Claudel (1965).

Un delicado equilibrio, de Edward Albee (1969).

Canta, gallo acorralado, de Sean O’Casey (1973).

 

GUIONES PARA TELEVISIÓN

Al final, esperanza (1968).

Las tentaciones (1970).

Cantar del Santiago para todos (1971).

Paisaje con figuras (1984).

Si las piedras hablaran (1984).
NARRATIVA

El manuscrito carmesí (1990).

La pasión turca (1993).

Siete cuentos (Relatos) (1993).

Más allá del jardín (1995).

La regla de tres (1996).

El corazón tardío (Relatos) (1998).

Las afueras de Dios (1999).

El imposible olvido (2001).

Los invitados al jardín (Relatos) (2002).

El dueño de la herida (Relatos) (2003).

El pedestal de las estatuas (2007).

Los papeles de agua (2008).

Quintaesencia (2012).

 

ENSAYO

Texto y pretexto (1977).

Charlas con Troylo (1981).

En propia mano (1983, 1995).

Cuaderno de la Dama de Otoño (1985).

Dedicado a Tobías (1988).

La soledad sonora (1991).

Granada de los Nazaríes (1992).

Proas y Troneras (1993).

El águila bicéfala. Textos de amor (1993).

Córdoba de Gala (1993).

Desde entonces (1993).

Andaluz (1994).

A quien conmigo va (1994).

Antonio Gala, un hombre aparte (Biografía escrita por José Infante) (1994).

Si las piedras hablaran (1995).

Carta a los herederos (1995).

El don de la palabra (1996).

Troneras 1993-1996 (1996).

La casa sosegada (1998).

Treces noches (Con Jesús Quintero) (1999).

Ahora hablaré de mí (2000).

Cuaderno de amor de Antonio Gala (2001).

Reflejos de una vida (2004).

Texto y pretexto. 1973-1978. (2005).

Cosas nuestras (2008).

Premios

1959: Premio Adonais de Poesía por Enemigo íntimo (Áccesit).

1963: Premio de teatro Calderón de la Barca por Los verdes campos del Edén.

1963: Premio Las Albinas por Solsticio de invierno.

1965: Premio «Ciudad de Barcelona» de Teatro por Los verdes campos del Edén.

1969: Premio Nacional de Guiones.

1970: Premio «Foro Teatral» por Spain’s strip-tease.

1972: Premio Nacional de Literatura.

1972: Premio «El Espectador y la Crítica».

1972: Premio «Mayte».

1972: Premio «Ciudad de Valladolid».

1972: Premio «Foro Teatral» por Los buenos días perdidos.

1973: Premio «El Espectador y la Crítica».

1973: Premio «Ciudad de Valladolid».

1973: Premio «Foro Teatral».

1973: Trofeo «Cincuentenario de Radio España».

1973: Trofeo «Long Play».

1973: Premio «Carrusel».

1973: Trofeo «Zahira de Oro».

1973: Premio «Marathón de Radio Popular».

1973: Premio «María Rolland» por Anillos para una dama.

1974: Premio Foro Teatral.

1975: I Premio González-Ruano de periodismo.

1980: Premio «Sociedad General de Autores de España».

1980: Premio «Sambrasil».

1981: Premio «Leopoldo Cano» por La vieja señorita del Paraíso.

1982: Premio «Ciudad de Valladolid».

1982: Premio «Tertulia Mundo Abierto» por El cementerio de los pájaros.

1989: I Premio «León Felipe» a los valores cívicos.

1990: Premio «Amigos de la Tierra».

1990: Premio Planeta de novela por El manuscrito carmesí.

1991: Premio «Hidalgo» de la Asociación Nacional Presencia Gitana.

1992: Premio «Sirena del Mediterráneo». Nápoles (Italia).

1995: Premio Ercilla de Teatro por su trayectoria artística.

1996: Premio Cooperación, por la Asociación de Periodistas Árabes en España.

1998: Pluma de Oro, otorgada por el Club de la Escritura.

1999: Premio «Puerta de Andalucía».

2001: Premio de honor Max de Teatro.

2005: Premio de Andalucía de las Letras.

2005: Premio de la Fundación Ibn al-Jatib de Estudios y Cooperación Cultural. Ayuntamiento de Loja, Granada.

2006: Premio Comunicación, otorgado por SER Ciudad Real.

2008: Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza.

2010: Premio «Ciudadano».

2011: Premio Quijote de las Letras Españolas.

2015: Hijo Adoptivo de Málaga.

2015: Premio Turismo de Granada.

Poética

«…el escritor, como cualquier otro operario, padece deformaciones profesionales. Él sabe que su oficio va casi contra la naturaleza, si es que hay algo humano que vaya. Sabe que lo natural es hablar, no escribir. Sabe que escribir tiene escasa importancia comparado con otras ansiedades. Sabe que eso que se llama, con tanta desmesura, crear, no es más que un acto de moderación. Porque la vida es un exceso que sólo en el exceso puede existir de veras. Sin embargo, el escritor, infortunado, ha de escribir sobre la vida: cantar lo que apenas si alcanza a balbucir. Y en ocasiones, huye de la vida para verla mejor, para poner entre ella y él la fría perspectiva, para que los árboles no le impidan ver el bosque. […] El escritor sabe que serlo es menos admirable que otra cosa cualquiera, y sabe que lo suyo no es una vocación sino un destino: a él se le trajo al mundo para escribir, no para que además le guste escribir. Y tiene la obligación de hacerlo, y hacerlo bien; pero no la de estar orgulloso ni alegre por hacerlo. Sucede como si de continuo una voz le dijera: «Sigue tu camino, deprisa; si no, no llegarás». «Pero ¿adónde debo llegar y cuál es mi camino?» «Tú, sigue, sigue…» Y sigue como un caballo que ha perdido a quien lo montaba y, no obstante, persiste participando en ya no le importa qué carrera. Se refugia en la vieja leyenda exculpadora: «¿Dónde vas?», le preguntaron a Itzig, el jinete. «No lo sé – respondió -. Preguntádselo a mi caballo». El escritor sabe – Flaubert lo supo – que la palabra, su único instrumento, acaba por ser sólo un caldero rajado sobre el que tocamos musiquillas para que baile un oso, cuando lo que querríamos es enternecer a las constelaciones. Y el escritor sabe que, como tal, no recibió otro don, otro hijo, otro amor, otra riqueza que la palabra. Y la palabra – también lo sabe – es flatus vocis: aire, no más que aire; pero él es su palabra y nada más: vox et praetera nihil. Debe decirla. Debe ser imparcial: decirla y romperse después. ¿Puede extrañar, por tanto, que al escritor lo atribulen sus deformaciones profesionales? ¿Puede extrañar que se apoye, quien no encuentra otro apoyo, pesadamente en sus palabras?

El escritor es siempre un marginado. Los otros corren tras metas previsibles, encaran dificultades superables, se recompensan con resultados más o menos próximos. El escritor no sabe dónde va ni qué busca: eso parece, al menos. Lo marginan, o se margina él: no le gusta la clase en que nació, ni su mundo, ni su época, ni su nombre a veces, ni la triste profesión que lo alimenta. Lo cambiaría todo si pudiera; porque, si pudiera, se cambiaría él. Pero la literatura, para él, es como el aire: contaminado o no, precisa respirarlo. Tal es la prueba definitiva de que uno es escritor: moriría – en cierta forma, pero moriría – si escribir no le fuese posible. La literatura es su forma de amar, de conocer, de acariciar, de aprender. No es un refugio frente a nada. Ver la vida literariamente no es cegarse a ella, sino verla más clara. El escritor no vive para contar: cuenta para vivir más y, de rechazo, contagiar más vida a los que leen. Escribir no consuela de nada, no cura, sino reabre las heridas. Es una llaga nueva por la que, como por un ojo, se ha de ver todo de nuevo; por la que, como por una boca, se ha de cantar todo de nuevo. Y si alguien hubiese aprendido a escribir a la perfección, todo estaría aún por empezar: entonces debería aprender qué decir. «Ya tienes el envase, llénalo». Se trata de un oficio que, por sí mismo, salvo para el escritor, es inútil, pero que es previo a todo. Y, sin embargo, paradójicamente, una literatura que no sirva para la vida, ni siquiera será literatura: no será nada, nada; la vida tiene siempre razón. No es sagrado lo que separa a los hombres ni lo que destruye el fervoroso goce de vivir. Pero para algunos seres arte y vida son dos nombres sagrados de la misma ansiedad y el mismo júbilo. Aunque la literatura les duela sin remedio en el mismísimo centro de los huesos».

(Fragmento de Antonio Gala, extraído de Con Antonio Gala. (Estudios sobre su obra), de José Romera Castillo, Madrid, UNED, 1996, pp. 7-9).

 

 

Texto

 

Cementerio

JUAN.- Perdone. ¿Usted es el guarda?

GUARDA.- No. Es que voy a un baile.

JUAN.- Aquí, nunca se sabe. ¿Usted me puede decir por dónde anda este panteón?

(Le muestra unos papeles)

GUARDA.- (Leyéndolos) ¿Usted quién es?

JUAN.- El nieto.

GUARDA.- ¿Y hasta ahora no ha venido usted?

JUAN.- No, señor.

GUARDA.- ¡Caramba! Pues si se descuida usted un poco, viene a quedarse.

JUAN.- A eso vengo.

GAURDA.- ¿Cómo?

JUAN.- Que vengo a quedarme.

GUARDA.- Qué romántico. Dejarse morir encima de la tumba de su abuelo. Eso es cosa de perros, hombre. Vamos, ande, ande para afuera.

JUAN.- No. Si yo vengo a quedarme en el sitio, pero vivo.

GUARDA.- (A LUTERIO). ¿Usted está seguro de que este señor donde venía era al cementerio?

(Le hace gestos de que JUAN está loco)

JUAN.- No, señor. Tampoco es eso.

GUARDA.- (Dándose por vencido) Usted dirá entonces, porque yo no lo entiendo.

JUAN.- Yo llevo muchos años andados. Por el campo, ¿sabe?, y por esos sitios. Y ya me llegó la hora de recogerme. Yo con la gente aquella no me entiendo. Y como heredé de mi abuelo esta tierrita de aquí, he decidido venirme a vivir con él.

GUARDA.- (A LUTERIO) ¿Y decía usted que no…? (Se barrena la sien. A JUAN) Pero hombre de Dios, ¿no se da usted cuenta de que eso está prohibido? Aquí no puede haber más difuntos. Descansando en paz. Para venir aquí a descansar se tiene usted que morir primero.

JUAN.- Si yo estoy como muerto. Yo vengo, me siento por ahí y no salgo más. Yo soy muy pacífico…Donde me ponen, allí me estoy.

GUARDA.- Que no, que no. ¿No ve usted que yo tengo obligaciones? Lo descubren y me echan a perder la carrera. Menuda está hoy la cosa.

JUAN.- Si no me van a descubrir. Yo no salgo más que cuando no haya nadie. Cuando usted quiera que me vaya me lo dice y me voy. Yo no le comprometo.

GUARDA.- ¡Que no! Pero este hombre está loco. (A LUTERIO) Haga usted el favor de llevárselo. ¡Qué manías!

JUAN.- Al fin y al cabo, soy el dueño, ¿no? Pues que venga un poco antes o un poco después, a usted le da lo mismo.

GUARDA.- ¡Qué barbaridad! Esto no había pasado aquí nunca. No, señor. No hay precedentes. Eso, a los de arriba. Yo a mis muertos.

LUTERIO.- (Le hace un gesto de complicidad a JUAN, apartándolo. AL GUARDA) Se le remunerará.

GUARDA.- ¿Qué?

LUTERIO.- Que se le…

(Le hace un gesto significativo de dar dinero)

GUARDA.- (Dando un repentino cambio) Ay, este oficio está muy mal pagado. Yo aquí soy jardinero, manguero, podador, barrendero, portero… Dentro de poco tendré también que ser el muerto. Y ¿qué? Apenas una casita, una casa pequeña. ¡Y en qué barrio! Yo sigo aquí porque aquí estaban mi padre, mi abuelo y todos. Si no…

LUTERIO.- Ya, ya: la vocación.

GUARDA.- Eso es, sí, señor. Pero antes era otra cosa, otro rumbo. Dicen de las propinas. Nada. Con lo de la pena la gente se hace la tonta, la tonta, y nada. Para ellos es una o dos veces en la vida, pero para uno es su oficio. Y ya puede tener uno detalles de delicadeza, que no se rían los enterradores, que no bamboleen las cajas, guardar las cintas de las coronas y esas cosas. Se las da uno a los viudos, se te echan a llorar, las cogen y se van. Antes se moría mucho mejor.

LUTERIO.- Ahora son las vacas flacas.

GUARDA.- Eso. Porque aquí es al revés que todo. Más nuevos ricos, menos nuevos muertos. Y la gente, que no se gasta dinero en estas cosas.

LUTERIO.- Ellos, con sus coches. Ahora se mueren todos dentro de sus coches.

GUARDA.- Sí. A divertirse, a divertirse, y luego ¿qué? Que lo entierren en el panteón de sus suegros. ¡Qué vergüenza! Las familias mezcladas, los matrimonios separados, los hijos solos. Hoy aquí, mañana allí, con los muertos siempre de un sitio para otro.

LUTERIO.- ¡Qué desorden!

GUARDA.- ¿Desorden? Con decirle a usted que la semana pasada, al Panteón de Hombres Ilustres, en vez de al almirante Gorrechea se llevaron al Chiclanero. Ellos vieron dorados y dijeron: las charreteras. Y eran los alamares.

LUTERIO.- ¡Qué irresponsabilidad!

GUARDA.- Desengáñese usted. Para muertos los de antes.

LUTERIO.- Sí, señor. Tan bien muertos. Y tan grandes.

GUARDA.- Ahora los que traen son viejos que nadie los siente. Y, por fin, ya lo ve usted (Señala a JUAN) me los traen hasta vivos. No, si acabaré teniendo que matarlos yo mismo.

LUTERIO.- Bueno, pero en confianza, éste es un caso excepcional. Y a este amigo lo hubiera metido en mi casa. Pero no me cabe. (A JUAN) Dame ese suelto que tienes por ahí. (Se lo da JUAN. AL GUARDA) Tome usted, para una copa. (Se lo mete en el bolsillo de la guerrera) Y ya le daremos más. Usted no sabe nada: son fantasmas, fantasmas. Ea, amigo, ¿nos dice usted cuál es esa tumba?

GUARDA.- Ésta de aquí. Ésta es.

(Señala una, cerca de donde estaban hablando)

LUTERIO.- ¡Qué céntrica! ¡Qué bien! Muchas gracias (Le coge de un hombro y se lo lleva un poco aparte) Y, de usted para mí, por aquí no habrá usted alojado más vecinos, ¿eh?

GUARDA.- ¡Por mis muertos que no!

LUTERIO.- Deje usted a sus muertos, hombre. Ea, a divertirse.

GUARDA.- Lo mismo.

(Sale)

JUAN.- Adiós. Y gracias.

LUTERIO.- (A JUAN, guiñándole cariñosamente un ojo) Hay que saber con quién se juega uno los cuartos. Aquí tienes tu casa.

(Los verdes campos del Edén, Madrid, Espasa Calpe, 1981, pp. 30-33).

 

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