CASARIEGO, CÓRDOBA, Martín

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CASARIEGO, CÓRDOBA, Martín

Biografía

Martín Casariego Córdoba (Madrid, 1962) es licenciado en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid. Comenzó a escribir a los 16 años, aunque su primera obra publicada, Qué te voy a contar, la escribió diez años después y se editó en 1989. Con La primavera corta, el largo invierno (1999) y Campos enteros llenos de flores (2001), obras de largo alcance, logró merecido reconocimiento. Además de novelas y relatos, es autor de guiones de cine (hasta ahora ha escrito siempre en colaboración), entre ellos Amo tu cama rica (1991), La Fuente Amarilla (1999), o la adaptación de su novela Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero -, estrenada en 2001. Ha colaborado en distintos medios de prensa (Diario 16, El Mundo, ABC, Público). Ha sido profesor de guion cinematográfico en el Hotel Kafka de Madrid.
Su página personal es https://www.martin-casariego.com/.

 

 

Obra

NARRATIVA

-Novelas:

Qué te voy a contar (1989).
Algunas chicas son como todas (1992).
Mi precio es ninguno (1996).
La hija del coronel (1997).
La primavera corta, el largo invierno (1999).
Nieve al sol (2004).
La jauría y la niebla (2009).
Un amigo así (2013).
El juego sigue sin mí (2015).
Como los pájaros aman el aire (2016).
Con las suelas al viento (2017).
Yo fumo para olvidar que tú bebes (2020).
Demasiado no es suficiente (2022).

-Relatos:

Campos enteros llenos de flores (2000).

-Relatos publicados en libros de varios autores:

«Y ahora estoy aquí bajo la luna», en Cinco duros, selección y prólogo de Robert Wolfe y Jesús Rodríguez Castellano (1992).
«Dos veces Miranda», en El juego de la intriga (1997). (Relato publicado por entregas en el diario El Mundo en el verano de 1996).
«Las actrices y los escritores no deberían conocerse», en Cuentos de cine, selección y prólogo de José Luis Borau (1996).
«He conocido a mucha gente», en McOndo, edición de Alberto Fuguet y Sergio Gómez (1996).
«Y por eso he tirado el café», en Páginas Amarillas (1997).
«El fútbol y la vida», en Cuentos de fútbol (vol. 2), selección y prólogo de Jorge Valdano (1998).
«La bicicleta», en Cuentos de ciclismo, antología coordinada por Luis Martínez de Mingo (2000).
«Ouija», en Sobre raíles, colección de relatos sobre el tren (2003).

-Novelas juveniles:

Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero (1995).
El chico que imitaba a Roberto Carlos (1996).
Qué poca prisa se da el amor (1997).
Dos en una (2002).
Por el camino de Ulectra (2007).
El capitán Miguel y el misterio de la daga milanesa (2015).
El capitán Miguel y Juan el Navegante (2016).

-Cuentos infantiles:

Pisco pasea por la ciudad (1996).
Pisco sueña con el Capitán Caimán (1997).
Pisco y la boda del Capitán Caimán (1998).
Pisco va a la playa (2005).
Pisco y la Isla de las Plantas Carnívoras (2006).
Pisco y el contramaestre Diente de Oro (2008).
Pisco y el asesino de los guantes blancos (2009).
Pisco y la penúltima aventura del Capitán Caimán (2010).
Las aventuras de Pisco (2014).

ENSAYOS

El amor y la literatura (1999).

OTROS

-Guiones originales:

Amo tu cama rica (Emilio Martínez-Lázaro, 1991), en colaboración con David Trueba y Emilio Martínez-Lázaro. Protagonizado por Ariadna Gil y Pere Ponce.
Dos por dos (Eduardo Mencos, 1994), en colaboración con Antón Casariego. Protagonizado por Ernesto Alterio, Pablo Carbonell, Carmen Arbex y Carmen Tovar.
Razones sentimentales (Antonio A. Farré, 1996), en colaboración con Antón Casariego y Antonio A. Farré. Protagonizado por Javier Albalá y Silvia Munt.
La Fuente Amarilla (Miguel Santesmases, 1998), en colaboración con Antón Casariego y Miguel Santesmases. Protagonizado por Silvia Abascal y Eduardo Noriega.
Días azules (Miguel Santesmases, 2006), en colaboración con Antón Casariego y Miguel Santesmases. Protagonizado por Óscar Jaenada, Javier Ríos y Javier Pereira.

-Novelas adaptadas:

Tú qué harías por amor, (Saura Medrano, 1999), en colaboración con Saura Medrano y Antón y Nicolás Casariego, adaptación libre de su novela El chico que imitaba a Roberto Carlos. Protagonizado por Fele Martínez, Silke, Francisco Rabal, Geraldine Chaplin y Alberto Escobar.
Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero (Antonio del Real, 2000), en colaboración con Antón y Nicolás Casariego, adaptación de la novela homónima. Protagonizado por Blanca Jara y Sergio Martín.

Premios

1989: Premio Tigre Juan del Ayuntamiento de Oviedo por Qué te voy a contar.
1997: Premio de Novela Ateneo de Sevilla por La hija del coronel.
1998: Premio Cervantes Chico, de Literatura Infantil y Juvenil.
2007: IV Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil, 2007 por Por el camino de Ulectra.
2008: II Premio Logroño de Novela por La jauría y la niebla.
2013: IV Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil por Por el camino de Ulectra.
2014: V Premio de Relatos «21 de marzo» por el relato Abandonados.
2014: Premio Café Gijón por la obra El juego sigue sin mí.

Poética

«- Yendo a los orígenes, ¿cómo se produjo su acercamiento a la literatura?¿Hubo algún hecho en particular que marcara ese encuentro?

-Yo leo mucho desde pequeño, porque lo hacían mis padres y mis hermanos mayores, aunque los libros que realmente me hicieron desear ser escritor son los que empecé a leer a partir de los quince o dieciséis años. No hubo un libro único que me sacudiera: fueron muchos, a lo largo de los años… más que un boxeador tumbado por un único golpe, puede considerarse que me dieron entre muchos una buena paliza… La poesía de mi hermano Pedro, y verle escribir, sí pudo suponer, quizá, el empujón definitivo. Quizá hubiera una doble motivación al momento de pensar en escribir: un deseo de emular a los que me maravillaban, y un deseo de refugiarme, pues he sido durante gran parte de mi vida un tímido terrible.»

(«Martín Casariego: El hombre y su dualidad» en El Mercurio/Revista de Libros, 24 de abril de 1999).

 

Texto

«Así que yo nunca la había querido. El sol de agosto terminará por calcinarme como si yo fuera un hueso abandonado en el desierto de Argelia y además por mi propia voluntad, tengo que reconocerlo, me convertirá en polvo y se esparcirán mis cenizas al viento y a mí no me importará demasiado y llegarán mis padres y avisarán a la policía y me darán por desaparecido. Pero, mientras, recuerdo una tarde en la que el sol se mostró más tranquilo e incluso vio suavizado su castigo por un chaparrón. El chaparrón nos había pillado inesperadamente en plena calle, y corrimos a protegernos bajo un toldo sucio y lleno de rotos, apretujados entre mucha gente. Enseguida cesó y el sol volvió a machacarnos como si nada hubiera pasado, entonces yo pregunté:
-¿Por qué?
Ella tardó unos instantes en responder, aparentemente fascinada por el niño medio idiota que berreaba a escasos metros de nosotros y que había perdido el helado por culpa del lío que había organizado el chaparrón ése. Por fin se decidió a mirarme, y tengo que decir que jugaba con ventaja, tenía unos ojos preciosos, qué tía, juntó sus manos y una de sus cejas se arqueó levísimamente y si al parpadear mis ojos hicieran fotografías la habría convertido en una modelo famosa de portada del Vogue. Un coche se paró en el disco, y por sus ventanas escapaba Eve of Destruction, un pedazo de canción de Barry McGuire con más años que yo.
-Porque nunca me has querido.
La derecha, había sido la ceja derecha, lo supe al recordarlo porque ella nunca arqueaba la ceja izquierda, y eso que para muchas cosas era zurda, por ejemplo escribiendo postales o jugando al baloncesto o disparando con la pistola de perdigones. Qué tía, parecía una actriz…
Así que yo nunca la había querido. Era mentira, claro, en realidad yo siempre la había querido, puede que incluso desde el primer segundo, y desde luego hasta el último, hasta ahora, pero no protesté, resultaba tan increíble… Yo se lo había dicho montones de veces y de muchas maneras, aunque con palabras solamente dos (y la segunda en qué situación, además yo creo que ni me oyó, ésa es la verdad, de todas formas tarde o temprano tendré que tocar este asunto con más detalle) y quizás ella se refiriera a eso, quizás las palabras sean mucho más eficaces por mucho que se diga lo de la imagen. Eve of Destruction se alejó al ponerse verde el disco y creo recordar que en aquel momento -y por favor que nadie me pregunte por qué, y además estoy en mi perfecto derecho- pensé en las tartas de fresa que me hacía mi abuela y los bizcochos con chocolate, y ya sé que eso no tiene una explicación lógica ni normal, pero es que yo, aunque sea normal y sea una persona como usted o como yo, no termino de ser lógico del todo.
-¿Es definitivo? ¿Lo has pensado?
-Sí.
Bueno, a veces se piensan tonterías. Puse mi mano en su mandíbula y la atraje hacia mí, al principio se resistió un poco, pero con buen criterio prefirió no saber con seguridad si yo estaba dispuesto a desencajársela o no, nos besamos con una pasión que hubiera cabido en el bolsillito para monedas de sus vaqueros, y tengo que decir que siempre los llevaba bastante ceñidos. De todas maneras se la hubiera desencajado, palabra, y no es por fanfarronear ni por darme importancia, pero es que a veces pierdo los estribos y no sé ni lo que hago.
-Hasta luego, chica.
Quería estar solo, pensar algo. Mierda. Recuerdo muy bien que eso fue lo primero que pensé: mierda, apenas andados unos pasos, y es que ése era el resumen más exacto que se podía hacer: una mierda. Me volví y ella estaba mirándome, esforzándose por no llorar, o quizá lloraba. Tengo más pelotas que un chapolín, pero de cuando en cuando flaqueo, soy demasiado sentimental. Como no llevaba las gafas y me había separado ya varios metros no veía ni torta. Pero en fin, siempre me gusta pensar que las chicas lloran cuando las dejo, lo encuentro natural. Deshice el camino y la borrosa imagen recobró su espléndida nitidez: sus labios, sus cejas pobladas, su nariz delgada, su pelo largo y ondulado, sus ojos azules y… más secos que la arena del Sáhara. Casi me enfadé, la cosa no era para menos: cómo fiarse de una chica así. Nos abrazamos. Fracasé en el intento de contener un estornudo, y es que los estornudos no son demasiado oportunos y vienen cuando les da la gana, y me sorprendí a mí mismo diciendo:
-Te quiero, Rosemary.
Ésa fue la tercera vez que le dije que la quería, y me salió sin ningún esfuerzo, casi sin enterarme.»

(Qué te voy a contar, 1989).

«Aire para respirar. Por la boca levemente abierta entraba el justo para seguir viviendo. Se detuvo ante el arranque de la escalera. Era como un pez en un pantalán. Un poco mejor: a un pez fuera del agua no le entra ni siquiera ese mínimo oxígeno. Cada escalón era un gran obstáculo. Había leído en un periódico que en cada bocanada de aire que respiramos hay cerca de mil ochocientos microorganismos diferentes, entre microbios y bacterias. Reunió fuerzas. Un peldaño. Luego otro. Intentó respirar más hondo, infectarse, pero no lo consiguió. Le faltaban diecinueve. Empezó a cantar en su fuero interno la canción del prehistórico disco de vinilo de su padre, Wish you were here . So / So you think you can tell , dieciocho… Las piernas le dolían. Diecisiete, blue skies from pain , dieciséis, quince, un equipo de rugby, catorce, la edad que tenía. Siguió subiendo. Cada movimiento era una tortura que debía infligirse sin ánimo ni esperanza, trece, sin un fin que justificara tanto dolor. Le faltaban doce, once, un equipo de fútbol. Intentó concentrarse en sus cordones. ¿Desde hace cuánto los tenía? Uno estaba ya roto, pero su largura aún permitía hacer una lazada. Eran los que venían con los zapatos. Tenían, pues, un año apenas. ¿Y quién había comprado los zapatos? Él, acompañado por su madre, diez. O más bien su madre, seguida a regañadientes por él. Un número mayor que el suyo, para que le duraran más, nueve, y ya empezaban a quedarle pequeños. Los muslos le dolían horriblemente, ocho, pero lo importante era no pensar en ello y no quedarse paralizado. Siete, ¿Cómo has entrado? , un equipo de balonmano, seis, cinco, un equipo de baloncesto, los dedos de una mano o de un pie, una bocanada de aire, si pudiera llenar los pulmones. Cuatro, tres, Tengo muchos poderes , dos, un doble de tenis. Miró con una mezcla de odio y aprensión el último peldaño. Avanzó el pie derecho hasta posarlo en el piso superior. Únicamente le restaba cargar su peso en la pierna derecha, impulsarse con el muslo, inclinar el cuerpo hacia delante para apoyar el movimiento, y desplazar el pie izquierdo hasta ponerlo en el suelo. Había llegado al final, la cumbre del Everest. Volvió a detenerse para recuperarse del esfuerzo, risible y titánico a la vez. Se le ocurrió un chiste macabro para montañeros, Ever rest , descanso eterno, si su pobre inglés no le fallaba. Unos metros más allá estaba la puerta de su clase, la primera del pasillo. Un nuevo sacrificio, un pie después del otro, un pie después del otro, un pie detrás del otro, un pie delante del otro, y alcanzó la puerta de madera pintada de blanco. Otra vez esa sensación en la nuca, en los hombros, como si algo le chupara las escasas energías que le quedaban. Logró que en los pulmones entrara más aire. Abrió la puerta y, mirando hacia el suelo, viejas losas agrietadas, se dirigió hacia su pupitre.
-Hola, Ander.
-¿Qué tal, Ander?
-Buenos días, Ander.
-Llegas tarde, Ander.
-Hola, hola, hola, Caminero, contesta, mal educado, hola, barrendero.
Sin levantar la vista, se quitó la mochila (al hacerlo, notó que sus hombros se liberaban, que el dolor del cansancio ascendía y escapaba por el cuello, como si su espalda hubiera soportado un gran peso), y ocupó su asiento, en la segunda fila, junto a la ventana. Escuchó la voz del profesor, a escasos metros, áspera, hostil, esa voz que no había mandado callar a los alumnos que habían roto la disciplina de la clase para zaherirle con sus burlones saludos.
-¿Otra vez tarde, Muñoz Caminero? ¿Tan poco te gusta estar con nosotros? Te recuerdo que mañana hay examen, y el que no llegue en punto, no entra.
Se había puesto el despertador media hora antes de lo normal para llegar a tiempo, pero no contestó. Continuaba sin alzar la vista. Sentía la del profesor clavada en él, en su frente, en su flequillo, en sus hombros caídos. El despertador había sonado cuando él llevaba ya tres horas despierto, ¿Cómo has entrado?, Tengo muchos poderes. Sacó el libro de la cajonera. Se lo había olvidado la víspera, y ya fuera, a la puerta del instituto, al acordarse de él, había preferido no volver a entrar. Miró de reojo al de Asun, para ver por qué lección estaban. Su compañera tapó el título, pero pudo ver el número de la página. 48. Abrió su libro. Entre las páginas 48 y 49 alguien había puesto dos cabezas de anchoa.
Mucho peor que un pez en el pantalán.
Porque el pez boqueaba buscando la vida, y él tenía ganas de morir.»

(La jauría y la niebla, 2009).

 

 

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