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SILVA VELASCO, María del Carmen de


 

SILVA VELASCO, María del Carmen de

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Carmen Silva nace en Madrid, en el seno de una familia eminentemente poética. Su vocación a la literatura y al teatro se manifiestan desde niña, pero los condicionamientos económicos, sus padres separados y viviendo a expensas de una pensión de funcionario de la abuela, la obligan a trabajar desde los 16 años. Cuando ya había intervenido en tertulias y recitales poéticos de la época, al lado de nombres importantes abandona el mundo poético para dedicarse plenamente al trabajo. En 1961 contrae matrimonio con un profesor del Conservatorio de Madrid y compositor perteneciente a la plantilla de TVE. Tienen cinco hijos. Con él compone como letrista, varias canciones alcanzando algunas de ellas gran popularidad. En 1970 obtiene el primer premio de la Canción Infantil de TVE . En 1979 queda finalista en el Año Internacional del Niño para intervenir en Eurovisión. Al fracasar su matrimonio en 1976, se incorpora de nuevo al mundo del trabajo. Es entonces cuando, silmuntaneando el mundo laboral y el familiar con los estudios, se licencia en Ciencias de la Información, en la Universidad Complutense de Madrid. Obtiene la titulación de Arte Dramático por el Conservatorio de Murcia. Trabaja como redactora en el Diario Pueblo de Madrid y escribe para diferentes revistas y programas radiofónicos.
En 1997 retorna al mundo poético y publica su primer libro de poemas. Junto con otros poetas fundan el Grupo Literario Tintaviva, con una línea editorial y publica su segundo libro dirigiendo ella la colección que pronto se amplía al relato. Le han sido concedidos más de veinte premios a poemas y relatos y dos a poemarios completos. En 2003 le ha sido concedido el Premio Clarín de cuento.


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- NARRATIVA:

Deseos de volver (1992).
Marcela (1992).
El harén de Hamid (1992).
Los ojos (1992).
Rosa y yo (2000).
El hombre que perdía las horas (2002).
La regresión (2005).
El gen del odio 1936-2006 (2006).

- POESÍA:

Agujeros del tiempo (1998).
Veintitrés formas de hacer el amor (2000).
Análisis de pertenencias (2002).
Poemas ante un divorcio (2003).
Senda (2010).


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1970: Festival Infantil de la Canción de TVE por ?Fantasmas a gogó?.
1998: Carmen Conde por ?Historias de meigas?.
2000: Internacional del Tanatocuento por ?Mis cenizas no tienen corazón?.
2000: Erótica de la paz (Cuba) por ?Fetiche?.
2001: Nacional de poesía Ciudad de Toledo por Poemas ante un divorcio.
2002: Segundo premio Ruta de la Plata por Análisis de pertenencias.
2003: Clarín por ?Las claves del éxito?.


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No me gusta dogmatizar sobre lo que debe o no debe ser en la poesía, pero detesto los encorsetamientos que hacen poetas de cuadrícula a los que no siendo ni buenos ni malos los anillan como a las palomas mensajeras produciendo un mensaje repetitivo y carente de emoción. La paloma debe de ser siempre paloma y no ave de diseño, el poeta mensajero de la emoción.


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AUTOPISTA (2003)

Los veranos de mi pueblo, huelen a toronja y romero fresco.
En la mesa de piedra del patio de la parra, el café con leche, destino y fin de la torta de mi desayuno, se enfría, a pesar del calor asfixiante que anuncia la mañana de un estío andaluz, la torta de aceite y ajonjolí se desmiga entre mis dedos acunada por un pensamiento de nostalgia.
Una cigüeña alcanza el nido de la torre de la iglesia de Santa María. La veo y me pregunto; ¿Cómo pudo anidar en un lugar tan inhóspito para las zancudas? El hogar de las aves se asienta en un picacho de la torre donde la superficie de la base es menor a la superficie de la cúspide de ramas y barro desde donde los polluelos asoman sus cabezas despobladas de plumas y me lanzan un reproche idéntico, al que continuamente me someten la cerca de mi huerto, el peral, el pozo, la alberca y el gallinero.
Ellos son el tribunal popular que juzgará mis actos.
La mañana avanza. Las viñas y los girasoles, algo alejados del lugar donde se dictará sentencia, le encargan a una pequeña brisa, que aún circula por la calurosa mañana, que presente un precipitado recurso de apelación que salve sus vidas.
Nadie los escucha.
El dinero de plástico no tintinea en el bolsillo de mi delantal, ni en los oídos sordos a las nostalgias y las tradiciones. Oculto entre fondos de inversión, cuentas corrientes y planes de futuro de un banco capitalino se mofa de los sueños.
Los transportistas que vacían mi hogar de reliquias y añoranzas, al llegar a la calle de Rosario Vazquez, nombre de la que fuera gloria literaria y excelsa poetisa del siglo XIX , nacida y venerada en el pueblo y sometida también a la pérdida de su dominio, dejan en el suelo sus cestos y esperan.
Unos minutos después, se unen a la comitiva de la Virgen y de san Pedro mártir, patronos del lugar, que salen de la iglesia que hay frente a mi casa, envueltos en mantas, ocultando la vergüenza del desahucio que los conducen hasta una nave del polígono industrial donde se celebrarán los Oficios hasta que por suscripción popular se levante un nuevo templo.
La mañana sigue avanzando. A las doce está citado el verdugo. El sol comienza a hacerse insoportable.
Entro en la casa y me acomodo junto a la ventana del que fue dormitorio de mis padres. Allí está la antiquísima cama de hierro que perteneció a mi bisabuela. Tradicionalmente se consideró siempre la joya de la familia, por haber pasado de padres a hijos manteniéndola todos con igual devoción y cariño. Tenía un cabezal grande de tubo de hierro negro con unos dibujos forjados en el centro, las esquinas estaban rematadas con bolas doradas que cuando mi pensamiento comenzó a componer sus propias vivencias, las hacía de oro. Recuerdo con auténtica emoción la esperanza infantil de ver alguna vez deshecha aquella cama santuario, en la que según decía mi madre habían sido engendrados la mayoría de los miembros de la familia. Aquella cama no sólo estaba siempre hecha, sino bien hecha. Recuerdo perfectamente a mi madre alisando con las manos la colcha de ganchillo para que todas las piezas tuvieran el mismo realce; tenía unos flecos largos, trenzados en su arranque en grupos de cinco, pasando después a tres y dejando posteriormente colgando el hilo en madejas que llegaban justo al ras del suelo sin que lo rozara. A mí me encantaba jugar con aquellos flecos, alborotarlos y unirlos unos con otros.
En los pocos descuido de mi madre me introducía en la habitación prohibida y daba rienda suelta a mi fantasía. Cuando mis años no alcanzaban otros espejismos que el de los tesoros mágicos, convertía aquel dormitorio repleto de muebles, cuadros y cacharritos, en tronos de reyes, barcos de piratas, o cuevas de dragones, donde podía encontrar miles de cosas diferentes, sobre todo si conseguía abrir el arca donde se guardaban ropas y sombreros de mis antepasados, collares, pendientes, y mil objetos preciosos y preciados para la dimensión infantil.


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