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MARSÉ, Juan


 

MARSÉ, Juan

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Juan Marsé nace en Barcelona en 1933 bajo el nombre de Juan Faneca Roca. Tras la muerte de su madre en el parto, es adoptado por el matrimonio Marsé, de quienes toma el apellido. Asiste al Colegio del Divino Maestro. No es un buen estudiante; pasa el tiempo jugando en las calles, escenario futuro de su universo. A los trece años se hace aprendiz de joyero. Publica sus primeros relatos en Ínsula. Trabaja en un taller de joyería por las mañanas hasta las tres, y por la tarde colabora en la revista Arcinema. Descubre en este tiempo la vida bohemia. Aconsejado por Gil de Biedma y Barral viaja a París, donde trabajará como mozo de laboratorio en el Instituto Pasteur, y donde conocerá a Teresa (Últimas tardes con Teresa), hija del pianista Robert Casadesús, a la que imparte clases de español. En 1958 termina Encerrados con un solo juguete, que venía concibiendo desde los 22 años, con la que queda finalista del premio Biblioteca Breve de Seix Barral. A su vuelta a España, a principios de los 60, comienza su relación con el PCE. Se casa con Joaquina Hoyas, una extremeña nacida en Trujillo. Trabaja escribiendo publicidad, solapas de libros para la Editorial Planeta y diálogos cinematográficos junto a su amigo Juan García Hortelano. En 1970 se convierte en Redactor Jefe de la revista Boccaccio. La censura le obliga a publicar Si te dicen que caí en Méjico, donde es reconocida con el Premio Internacional de Novela. En 1874 comienza a publicar en la revista Por favor retratos literarios de gran éxito sobre personajes de actualidad. Del 75 al 78 realiza con Jaime Camino trabajos para el cine exclusivamente "alimenticios". En 1984 sufre un infarto y la consiguiente intervención quirúrgica. La década de los noventa supone su mayor reconocimiento por la concesión de los galardones más prestigiosos.


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- NARRATIVA:

Encerrados con un solo juguete (1961).
Esta cara de la luna (1962).
Últimas tardes con Teresa (1966).
La oscura historia de la prima Montse (1970).
Si te dicen que caí (1973).
La muchacha de las bragas de oro (1978).
Un día voveré (1982).
Ronda del Guinardó (1984).
Teniente bravo (1986).
"Una liga roja en un mundo moreno", en El fin del milenio (1990).
El amante bilingüe (1990).
El embrujo de Shanghai (1993).
"El caso del escritor desleído", en Juan Marsé et. Al., El cuento de la isla del Tesoro (1993).
Las mujeres de Juanito Marés (1997).
Rabos de lagartija (2000).
Cuentos completos (2002).
Canciones de amor en Lolitas's Club (2005).


-POESÍA:

Amor de un gladiador (2003).


- OTROS:

Libertad provisional (1975). Guión.
Señoras y señores (1975; 1987). Libro de artículos perdiodísticos.
Confidencias de un chorizo (1977). Libro de artículos perdiodísticos.
La gran desilusión (2004). Miscelánea.
Momentos inolvidables del cine (2004).
La gran desilusión (2004).
Historia de detectives (2005).


- TRADUCCIÓN:

Mishima Yukio, El pabellón de oro (1996).
Cesare Zavatini, Diario de cine y de vida (2002).


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1959: Premio Sésamo de Cuentos.
1960: Finalista del Premio Biblioteca Breve Seix Barral (desierto) por Encerrados con un solo juguete.
1965: Premio Biblioteca Breve Seix Barral por Últimas tardes con Teresa.
1973: Premio Internacional de Novela de Méjico por Si te dicen que caí.
1978: Premio Planeta por La muchacha de las bragas de oro.
1985: Premio Ciudad de Barcelona por Ronda de Guinardó.
1990: Premio Ateneo de Sevilla por El amante bilingüe.
1994: Premio Nacional de la Crítica y Premio Europa de Literatura (Aristeión) por El embrujo de Shanghai.
1997: Premio Juan Rulfo.
1998: Premio Internacional Unión Latina.
2000: Premio Nacional de la Crítica por Rabos de lagartija.
2001: Premio Nacional de Narrativa por Rabos de lagartija.
2008: Premio Cervantes.


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"Yo no me considero intelectual exactamente, sino simplemente un novelista, un narrador, un contador de historias (...) Hay muchas definiciones para la novela. A mí me gusta mucho definirla (...) como decía Pío Baroja, sea 'un saco en el que cabe todo' (...) Los procesos de creación de una novela son bastante misteriosos. Inicialmente hay siempre una imagen. Yo parto, no de ideas, sino de imágenes (...) Cada libro, cada tema me exigen unas soluciones formales que no me sirven para otro libro. ¿Por qué? Porque es otro tema y me exige soluciones distintas (...) A mi modo de ver, es un [Camilo José Cela] gran estilista del idioma, pero no lo considero un auténtico novelista (...) para mí la novela es Dickens (...) cada libro es un mundo. Levanta un mundo y vuelve a levantar otro mundo. Pero cuando la prosa adquiere una especie de preponderancia por encima del tema, es decir, dicho de otra manera, cuando la forma en que se dicen las cosas parece como más importante que la cosa misma que dices, entonces la novela ya no interesa tanto (...) el novelista tiene que ofrecer vida antes que nada: personajes vivos (...) No concibo un escritor sin memoria ya que, sin ella, el novelista está muerto (...) Los personajes marginados me interesan infinitamente más que los triunfadores (...) Yo no considero que una novela marcha bien hasta cuando la historia no tira de ti; es decir, no al revés, que yo tire de la historia (...) Hay cosas de la novela decimonónica que sí me importan, como son, el gusto por describir a los personajes (...) cuando pienso en el lector, procuro meterme en su piel. Yo siempre estoy obsesionado por no aburrir. Disculpo muchos defectos en las novelas, pero hay uno que no disculpo: el aburrimiento (...) yo no podría concebir un personaje sin pasado (...) el pasado de los personajes es importante porque configura el presente y explica el por qué, sobre todo en un país como éste, y en una sociedad como la nuestra que ha vivido 40 años de franquismo."

(De una entrevista realizada en Barcelona en junio de 1990 por Balbina Samaniego, de Catholic University).


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EL EMBRUJO DE SHANGHAI (1993)

Los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos, dijo el capitán Blay caminando delante de mí con su intrépida zancada y su precaria apariencia de hombre invisible: cabeza vendada, gabardina, guantes y gafas negras y una gesticulación abrupta y fantasiosa que me fascinaba. Iba al estanco a comprar cerillas y de pronto se paró en la acera y olfateó ansiosamente el aire a través de la gasa que afantasmaba su nariz y su boca.
-Y tan desdichada carroña -siguió husmeando su quimera predilecta ayudándose con nerviosos golpes de cabeza, y yo también me paré a oler- está en la calle, se nota. Pero no es sólo eso... Sin querer ofender a nadie, se percibe una descomposición de huevos. ¿No lo hueles?
El capitán tenía el don de sugestionarme con su voz mineral y sentí un vacío repentino y una sensación de mareo.
Así empieza mi historia, y me hubiese gustado que en ella hubiera un lugar para mi padre, tenerlo cerca para aconsejarme, para no sentirme tan indefenso ante los delirios del capitán Blay y ante mis propios sueños, pero en esa época a mi padre ya le daban definitivamente por desaparecido, y nunca volvería a casa. Pensé otra vez en él, vi su cuerpo tirado en la zanja y los copos de nieve cayendo lentamente sobre él y cubriéndole, y luego pensé en las enigmáticas palabras del viejo mochales mientras iba andando pegado a sus talones camino del estanco de la plaza Rovira, cuando, al pasar frente al portal número 8, entre el colmado y la farmacia, el capitán se paró en seco por segunda vez y su temeraria nariz, habitualmente desnortada y camuflada bajo el vendaje, detectó de nuevo la pestilencia.
-¿No reconoces esa gran tufarada, muchacho? -dijo- . ¿Tu cándida naricilla maliciada en el incienso de Las Ánimas y en agrio sudor de las sotanas ya no es capaz de detectar el hedor...? -Se interrumpió estirando el cuello, resoplando como un caballo nervioso-: ¿A huevos podridos, a mierda de gato? Nada de eso... Ahí, en ese portal. ¡Ya sé lo que es! ¡Gas! ¡Se veía venir esta miseria...!
En el interior del zaguán anidaba ciertamente un tufo a miseria casi permanente, pues era refugio nocturno de mendigos, pero el capitán supo distinguir en el acto una pestilencia de otra y además afirmó que el olor a gas no salía de allí, sino de la maltrecha acera que pisábamos, de las grietas donde crecía una hierba rala y malsana.
Él mismo se encargó de alertar al vecindario. Lo comentó en el estanco, en la farmacia y en la parada de tranvías, y aunque sus arranques de locura senil eran bien conocidos, desde aquel día todo aquel que pasaba por la acera alta de la plaza y husmeaba el aire, detectaba el olor con sobresalto. Las mujeres se alarmaron y una vecina avisó a la Compañía del Gas.
-Se trata sin duda de una tubería rota que deja filtrar esa mierda -no se cansaba de repetir el capitán Blay en la taberna de la plaza-. Muy peligroso, señores, todos haríamos santamente evitando circular por allí y metiéndonos cada uno en su casa, a ser posible... Y mucho cuidado con encender cigarrillos junto al quiosco, a vosotros os digo, chavales.
-Sobre todo -advirtió su amigo el señor Sucre a la clientela habitual de bebedores, que escuchaban entre recelosos y burlones-, cuidado con las miradas llameantes y las ideas incendiarias y la mala leche que algunos todavía esconden. ¡Mucho cuidado! La vieja castañera junto al cine, con su fogón y su lengua viperina, también es un peligro. Una chispa o una palabra soez, y ¡bum!, todos al infierno.

(De El embrujo de Shangai, Plaza & Janés, Barcelona, 1993, pp. 11-13).


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AMELL, Samuel, La narrativa de Juan Marsé, contador de aventis, Madrid, Playor, 1984.

AMELL, Samuel, "Juan Marsé y el cine", Cuadernos para la investigación de la Literatura Hispánica, 22 (1997), pp. 55-65.

CABALLERO BONALD, José Manuel, "Las aventis de Juan Marsé", El urogallo, 43 (diciembre de 1989), pp. 70-71.

CONTE, Rafael, "Juan Marsé y la herencia del realismo", El País, 7 de marzo de 1982.

GIL CASADO, Pablo, La novela social española (1920-1971), Seix-Barral, Barcelona, 1973.

IBORRA, Juan Ramón, "Entrevista a Juan Marsé", El Dominical, 30 de Julio de 2000, pp. 54-63.

MANGINI, Shirley, La novelística de Juan Marsé, tesis doctoral, University of Wisconsin.

MARSÉ, Juan, Cuentos completos, ed. de Enrique Turpín, Espasa Calpe, 2002 (amplia bibliografía sobre toda la obra del autor).

SHERZER, William M., Juan Marsé. Entre la ironía y la dialéctica, Fundamentos, Madrid, 1982.


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[Ficha elaborada por Gonzalo Martín de Marcos]