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SANCHEZ ADALID, Jesús


 

SANCHEZ ADALID, Jesús

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Nace en Badajoz, en la localidad de Don Benito, en 1962. Es Licenciado en Derecho por la Universidad de Extremadura y doctorado por la Complutense. Tras dos años como juez realizó estudios de Filosofía y Teología. Actualmente es párroco de Alage.


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1998: La fuente del Atenor.
2000: La luz de Oriente.
2001: El Mozárabe.
2002: Félix de Lusitania.
2003: La tierra sin mal.
2005: El cautivo.
2005: La sublime puerta.
2006: En compañía del sol.


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1998: Finalista del Felipe Trigo por La fuente del Atenor.


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"En mis libros hay una peregrinación espiritual de los personajes, y esto es novedoso. Quien lea mis libros descubrirá, posiblemente, el sentido de la vida, que no es una fatalidad que está destinada al fracaso. La novela española es pesimista y hay un culto desmedido por el placer y el dinero. El bien hace poco ruido y el mal es estruendoso, y a los medios de comunicación de hoy les interesan más el árbol que se cae y que produce estruendo que el silencio permanente del bosque en crecimiento."

Cita del autor tomada de: http://www.4buenasnoticias.com/hoy/cautivo.html


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Cuando el sol estaba a punto de llegar a su cenit, Decio y Herenio llegaron revestidos de Pontifex Máximus de Júpiter, con las cabezas veladas, y acompañados por un gran número de militares y senadores. El cortejo atravesó los jardines que se extendían delante del pórtico y frente a ellos se abrieron las grandes hojas de bronce de la puerta del Panteón. Entonces apareció el sumo sacerdote y los invitó a entrar con un solemne saludo. Quienes pudimos, accedimos al interior detrás de ellos y nos sumergimos en el ambiente inquietante que reinaba bajo la inmensa cúpula revestida de bronce dorado y resplandeciente. El padre de los dioses resaltaba majestuoso, al fondo, en la hornacina principal, presidiendo a las otras seis oquedades que contenían estatuas de otras tantas deidades; entre las que destacaban Marte y Venus, y el divino Cesar. Las paredes del gran círculo interior estaban adornadas con gaillo autico (una clase de mármol amarillo jaspeado de forma hermosa, pulido y brillante); las columnas estaban echas con mármoles de colores ingeniosamente intercalados. Pero llamaba la atención sobre todo la cúpula, enorme, en cuya parte superior, en el centro hay una abertura de cuarenta pies de diámetro, a través de la cual entraba desde el cielo limpio un gran rayo de luz.
Los esclavos del templo acercaron el buey, la oveja y el cerdo de la suovetaurilia, inmaculadamente blancos, perfectos, coronados de flores y adornados con cintas. Decio alzó los brazos al cielo y el victimario descargó su hacha sobre las víctimas, que se desplomaron y convulsionaron durante un momento en el suelo, cubriéndose de rojo con su propia sangre. Un camillus presentó la caja con el incienso al emperador y éste arrojó una buena cantidad sobre las brasas del altar en llamas, mientras el sumo sacerdote rociaba los animales con la libación del vino. Resultó sobrecogedor ver alzarse el humo blanco tiñendo el chorro de luz y buscando el firmamento por la abertura de la cúpula. En ese momento, el ejército de sacerdotes que estaban dispuestos alrededor, en el círculo interior de la soberbia nave, inició un canto ritual con voces guturales y profundas, que retumbaron y parecieron provenir de un lugar ultraterrenal.
Cuando los intestinos de las víctimas fueron examinados por los auspicis, sin que detectaran ningún presagio desfavorable fueron rociados con vino y quemados en el altar entre oraciones. Entonces los sacerdotes despojaron a Decio y Herenio de las togas pictas y ambos lucieron las armaduras doradas que traían debajo, que brillaron iluminadas por el rayo del sol que penetró por la abertura; recibieron la corona de oro y el cetro. "Son dioses", pensé, estupefacto, abrumado por tanta grandeza.
Al día siguiente, el emperador recibió en el Capitolio, uno por uno, a todos los oficiales que habían colaborado con él y le habían sido fieles. Era un hombre magnánimo y agradecido que quería hacer partícipes de su triunfo a quienes le apoyaron en su encumbramiento. Repartió oro y regalos en abundancia, y situó en importantes cargos a los principales generales.

De Félix de Lusitania, Ediciones B, , p.p.249-250.


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[Ficha elaborada por Peña]