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SEVYLLA DE JUANA, Pedro


 

SEVYLLA DE JUANA, Pedro

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Nací en la agricultura de secano, y la economía de los recursos a la espera de tiempos peores ajustó mi comportamiento. Sucedió en Valdepero, provincia de Palencia, el día 16 de marzo de 1946. Con la intención de entender lo misterioso llegué a los libros a los once años. Para explicar mis razones, a los doce me inicié en la escritura. He cumplido sesenta y dos, y me agobia una amplia variedad de achaques. Tras devorar cuanto escrito cayó en mis manos e indagar en aquello que a diario condiciona la vida, los carriles que la conducen ya muestran su intención. Ahora sé lo que quise ser; y estoy tan lejos de aquel deseo que puedo verlo enterito. Sin embargo, transito la etapa de mayor libertad y osadía; me obligan muy pocas responsabilidades y sujeto temores y esperanzas. Desde hace tres lustros resido en El Escorial, dedicado por entero a mis tres aficiones más arraigadas: vivir, leer y escribir.


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- NARRATIVA:

En defensa de Paulino (1999).
El dulce calvario de la señorita Salus (2001).
En torno a Valdepero (2003).
La musa de Picasso (2007).
Del elevado vuelo del halcón (2008).

- POESÍA:

La deriva del hombre (2006).

-ENSAYO:

Ad memoriam (2007).


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1997- Relatos de la Mar.
1999- Ciudad de Toledo de Novela.
2000- Internacional de Novela "Vargas Llosa".
2001- Paradores de Turismo de Relatos.
2005- Finalista del premio de novela Ateneo-Ciudad de Valladolid.


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Si investigo las causas que me alejan de la soledad impulsándome a la acción, la belleza, entendida como equilibrio y armonía, ocupa un lugar primordial. A ella voy una y otra vez portando mi equipaje, reincidente de búsquedas pensadas o impensadas. Ya en ella, me quedo como en casa propia, refugio cálido o fresco según deseos y necesidades. Después apenas queda exploración, la belleza llena todo el yute de los sacos vacíos, toda la lona de los costales, los canastos hasta el asa, cestos, bolsos y bolsillos. ¡Hay tanta...!
Adonde dirijas la mirada, está: soberbias montañas, valles pronunciados, llanuras extensas, flora y fauna de variedad prolífica, desiertos formados por suaves colinas ricas en matices de un solo color o líquidas profundidades adornadas de peces y escollos coralinos; vastas nocturnas luminarias separadas entre sí por miríadas de kilómetros vacíos y repletas gusaneras de minúsculos virus invisibles. Se la ve desperezarse en el rocío de las madrugadas o cerrar los párpados tras las espléndidas puestas de sol. Por si no bastara, la mano del hombre y su ingenio han construido, pieza a pieza, todo un laberinto de hermosura. Pinturas partícipes de la armonía copiada de la naturaleza, floridas de aportaciones personales que diferencian a las unas de las otras; esculturas que siguen los derroteros marcados por la imaginación, responsable del exuberante derroche de formas y volúmenes ganados al aire; edificios insolentes, algo más que habitáculos, idóneos para que el espíritu aspire a alcanzar la estética suprema del arco celeste, de los horizontes huidizos; composiciones de Johan Sebastián Bach y Louis Daniel Armstrong: desde el murmullo del agua en el arroyo hasta el bronco cañón de las tormentas. Y un engarce íntimo de las artes bellas, ajustadas hasta conseguir la máxima perfección que el ojo humano puede apreciar, el entusiasmo que agota la capacidad emocional de las personas.
¡Abunda tanto la belleza!; escarbas y aflora. Se descubre tierna, voluptuosa, niña que se va haciendo mujer y camina sin pausa, conquistando habitaciones, la casa en sus dimensiones verdaderas, desde el propileo abierto a brisas cálidas, hasta el elevado palomar de los arrullos afectivos; calles, caminos, recorriendo el mundo, impregnándole de su vaho sutil, perecedero, renovado. Dispongo en los ojos un lugar destinado a ella cuando viajo; así, quienes esperan mi llegada, reciben en el relato su correspondiente porción llena aún de frescura. Simetría, orden, simpatía de los contrarios o de los iguales, similitud, contraste; llamada repetida al sometimiento, a la huida, a la norma y a la constante rebelión. Hay belleza para rato; las células y los electrones se organizan una y otra vez en hermosos conjuntos sucesivos, siguiendo al albur la ley de probabilidades.
La poesía adopta a la realidad, la amamanta, la acuna, la desnuda, y la hace suya, recreándola. La poesía es cangilón, es vasija, es vaso; y el poeta es arcaduz que entrega su mirada, su sospecha, sus sueños y quimeras, su saber y entender, su sentir, su deseo de amar. Poesía es belleza y equilibrio, es síntesis y es ritmo. Poesía es búsqueda. Poesía es progreso. Es donación, es aire, es acero, es espuma, es raíz, es vértigo.
Yo no sé si quien me hizo el regalo fue Bécquer, aquel Gustavo Adolfo enfermo en el cisterciense monasterio de Veruela, adonde caminé peregrino mucho antes que a Collioure, previo a Soria mi paso, en busca de Machado y su amor transformado en novia, en esposa, en hija, en compañera; entregado por completo al atractivo frutal de Leonor, huerto ella y hortelana al tiempo, tierra, agua y canal de riego. O fueron Lorca, Darío, Vallejo y Neruda, tan distintos y tan míos; o Juan Ramón quizá, atrincherado en la pureza, quitándole a la margarita los pétalos albos, despojándola de tules, de adornos que enmascaran la esencia; o el pastor Miguel y la vida que le ahogó el corazón al respirar la tierra húmeda y germinada. No sé; la poesía vino a mí muy de mañana, yendo a arrancar almortas con mi madre en plena noche, rodeados ella y yo de sombras insidiosas y sonidos intrigantes, camino de las bodegas hacia arriba, por valles escondidos de la luna creciente hasta llegar al páramo llano. Asperjaban esplendor mis ojos sobre la amanecida, luz y calor en efímera convivencia con el rocío a punto de iniciar la cabalgada, puesto ya un pie en el estribo. Acaso el mérito es de Góngora, portador de la belleza en fardos sobre el hombro, en la vereda yo del poético embeleso.
Puede ser, ignoro ese punto concreto, que recibiera la poesía de manera indirecta, reflejada, filtrada o enriquecida, mostrándome ella los matices añadidos por alguno de esos que llaman, y no sé por qué, poetas menores ?Gabriel y Galán, Grilo, Campoamor, Villaespesa, considerados sin razón, estoy convencido, de segunda línea? trovadores que a su vez la hubieran hallado en los excelsos. Luna yo que recibiera de la tierra la luz estelar, y luego, sabida la fuente, fuera al Sol a beberla; porque las estrellas, señoras de sus planetas, poseen el brillo nocturno, el verdadero lustre esmaltado: una luz pura, suya por entero; y disfrutan difundiéndola, irradiándola en todos los confines, fundiendo la oscuridad al penetrarla.
Los extraños me salieron al sendero en mi tránsito, Tagore, Elitis, Maiakovski, Byron, Yeats, Witman, T. S. Eliot, Blake, Martinson, Ekelöff o Lundkvist, acompañados de Apolinaire, Rimbaud, Pessoa, Baudelaire, la Kazakova, la Wine y Leopardi. Todos contribuyeron, sin duda, a la coronación; pero la poesía estaba ya en la belleza que iba destapando a derecha e izquierda, a ras de suelo o en la cúspide.
Cuando me detenía en los imperceptibles detalles ?conformadores de una plenitud ingenua? mi sensibilidad, virgen, enfrentaba millones de fibras nerviosas a la superficie de los objetos de uso cotidiano y mi intuición perforaba las foliaciones cutáneas de los frutos exóticos, entrando en la esencia verdadera de su pulpa, persiguiendo el jugo dulce y los atractivos colores. Después, derroteros extraños me acercaron a la compleja morfología del insecto, a la sorprendente complejidad de las mariposas; durante un tiempo permanecí en sus ojos compuestos, en sus alas variadísimas, en su inagotable calistenia.
Conquistó mi reverdecido interés el Universo inconcluso, espacio previsto para que la temperatura del color dibuje el cuadro perfecto, enorme mural en el que los seres humanos podemos ser elementos insustituibles. Trazando van las estrellas con voluntad decidida su vía hacia la nada ubérrima, estadio final que no es más que el principio de una evolución sin término ?sístoles y diástoles, rotación y translación? eternizada por la sublime entrega del general convenio, a la euritmia que origina las conocidas músicas estelares. Quise aproximarme al hombre arañando su impenetrable coraza, y para abrir las mentes cerradas a la mínima emoción hube de punzar corazones que destilaban fluidos purulentos. Avancé a través de los enormes cementerios en que se habían convertidos los campos cultivables, y no fui capaz de volver atrás la mirada. En la última trinchera hallé el amor y ante el amor me detuve, pues en su interior se dan cita los cuatro elementos y de allí parten las directrices fructíferas. El amor es la rama que origina las hojas, es el tronco del que arrancan las ramas, es la raíz que sustenta el tronco, es la tierra que alimenta la raíz, es la vida muerta que da a la tierra los imprescindibles nutrientes; y adonde quiera que vaya, el amor me precede.

(La deriva del hombre y Ad memoriam)


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Está Pablo Ruiz Picasso, párvulo, Plaza de la Merced, en Málaga, robando jirones de luz a la ciudad, como quien escamotea a la vista de la vendedora manzanas rojas, verdes, amarillas, del atestado puesto del mercado. La frutera no se inmuta porque en su abundancia es generosa con la necesidad, y aquel párvulo, alimentado de luz y de líneas secantes, ha sido destinado a alumbrar el llamado Arte Moderno; corte, escisión, tajo de alfanje, a manera de salto brutal en una evolución que no va a dejar títere con cabeza, convirtiendo el presente, hecho y derecho, en picadillo.
Asiste a clase lo imprescindible para saber el origen de las cosas, los principios del hombre y la extensión exacta del Universo; recogiendo, en el ínterin, algunos de los materiales con los que, siendo adulto, jugará a reproducir lo visto, lo intuido, lo soñado, lo imposible. Colores, formas, superficies, volúmenes, energía, inspiración, equilibrio y armonía poética que caben en un pozo profundo mediado de aguas finas. Pergeña para el Arte un Nuevo Orden, dispone una Vanguardia, avienta una Estética de última cosecha; depura, doma, renueva, agita, revoluciona la Vieja Realidad.
Los juguetes del niño Picasso -un caballo de cartón regalo de su abuela materna, un parchís, testigo involuntario de alguna historia desgraciada; un rompecabezas formado por exaedros depositarios de seis posibilidades- son juguetes instructivos que entretienen desarrollando las capacidades innatas. Mas las piezas lúdicas en sus manos se hacen herramientas, materia prima de futuras creaciones, origen de mundos en mutación constante, verdad personal destinada a ser compartida; parcial, es cierto, pero asumida más tarde como propia por los coetáneos y herederos.
Picasso, infante aún, es ya un arroyo impetuoso, un torrente que se debe encauzar para que no rebose energía desperdiciándola en arideces. Corre, brinca con su perro, descubre el mar inmenso y la arena incontable, saluda a su tío, jefe de los médicos del puerto, partero de su madre cuando Pablo tuvo el antojo de nacer, once y cuarto de la noche; y se encuentra a gusto si logra salirse con la suya y llevar adelante sus empeños. Ama y odia en alternancia a los mismos objetos, a idénticas personas; ama y odia hasta someter a unos y a otras a su inabordable tiranía. Resplandece en los dibujos la originalidad del diseño, trazos desbocados capaces de engullir la inercia de un mundo que viene de lejos; arrasando los imperios individuales en que se sustenta, los credos más desarrollados que lo explican. Por fortuna, vigilante de todo acontecer, camina a su lado la dorada barba del padre, única imagen respetada, por cuyo solo influjo se somete a las coordenadas más estrictas.
Allí comienza una musa a seguirlo, en esas tempranas horas del primer trabajo acabado, para que se habitúe poco a poco a su compañía, a su valimiento. Procede de innúmeros artistas fenecidos, desde el original dibujante rupestre, hasta Jean-Auguste-Dominique Ingres, a quien dejó apenada el día de su muerte ocurrida en París. Vagó casi cuatro lustros hasta convencerse del ingenio y el empuje del nuevo protegido. Habiendo decidido de manera categórica servir al niño inquieto de penetrante mirada, escolta a Picasso esa especie de sombra, que tiene mucho de humana porque en cierto modo representa la conciencia del padre, transmisora de un credo que el día de mañana formará parte esencial de su verdadero pensamiento independizado. La musa posee la clarividencia de un maestro, eterna educanda en investigaciones progresivas; la lucidez de un poeta de la expresión artística, la tenacidad de un soldado sobrepuesto a cien derrotas. Será un álter ego desarrollado en el fondo de la intimidad, dotado de criterio propio que el protegido tendrá muchas veces en cuenta. Si lo cree necesario se convertirá en censuradora, pues posee alguna habilidad para el trazado de límites, está especializada en armonizar dimensiones y sabe introducir tierra y mar en el lienzo, al hombre concreto y al abstracto. Pero no insufla ideas en las mentes cerradas, ni dicta a los indolentes el modo de ponerlas en práctica. Ha sido dotada de un talento fuera de lo común y de una pasión enorme; y los pone al servicio de cada uno de los intentos que suceden al vigésimo.

(De La musa de Picasso, Egartorre, 2007)



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