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VELEZ OTERO, Juan José


 

VELEZ OTERO, Juan José

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Nace en mayo de 1957 en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, donde transcurren su infancia y adolescencia.
Realiza estudios universitarios en Sevilla y Cádiz . Licenciado en Filología Inglesa. Actualmente es Profesor de Inglés en un Instituto de Educación Secundaria.
Poeta al margen de modas y grupos, hasta la fecha ha conseguido publicar seis poemarios gracias a la consecución de diversos premios de carácter nacional. Alterna su labor poética con la de narrador.


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POESÍA:

Panorama desde el ático (1998).
Ese tren que nos lleva (1999).
Juegos de misantropía (2002).
El álbum de la memoria (2004).
La soledad del nómada (2005).
El sonido de la rueca (2005).
El solar (2007).

OBRAS COLECTIVAS:

XXIII Juegos Florales de Primavera: IES Mario López, Bujalence (2008).


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1997: Premio Internacional de Poesía “Florentino Pérez-Embid” de la Real
Academia Sevillana de Buenas Letras, por Panorama desde el ático.
1998: Premio de Poesía Feria del Libro de Madrid, por Ese tren que nos lleva.
2002: Premio de Poesía “El Ermitaño” El Puerto de Santa María, por Juegos de misantropía.
2003: Premio “Antonio Alcalá Venceslada” del Ayuntamiento de Andújar, por El álbum de la memoria.
2004: Premio de Poesía “Cáceres Patrimonio de la Humanidad”, por La soledad del nómada.
2005: Premio de Poesía “Rosalía de Castro”, Córdoba, por El sonido de la rueca.


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Ahogado en soledad, duela de olvido,
ujier del abandono, día a día
frecuento el lupanar de la poesía.
Y sueño, no descanso, lucho, pido

la luz; viene la sombra, el alarido
nielado, sin cesar la lluvia fría,
la noche viene negra, la agonía
de amar la aurora azul y estar perdido.

Enferma, la razón quiere dejarla,
mas llama a la pasión, tierna rabiza
y muero por morderla y por besarla.

Se escapa por la sangre y descuartiza
con saña el corazón, que por amarla,
la toma por hetaira y por nodriza.

(De El sonido de la rueca, Diputación de Córdoba, 2005.)


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A VECES EL MAR TIENE un extraño sosiego
que las aves imitan, una incierta conciencia
de la vida que pasa inútilmente bella,
hermosamente vana, calladamente quieta.
Es el mudo deseo de ser hoja en la brisa
lo que emulan las aves. A veces el mar tiene
una cierta tristeza que las aves imitan,
el rotundo vacío de un poniente sin ecos
de veranos antiguos. Es la blanca nostalgia
de la infancia sin prisas lo que emulan las aves.
A veces el mar tiene las ventanas abiertas
y el batir de visillos que las aves imitan,
un aroma de fruta otoñal y madura
en el cesto dormido. Es el lento destino
en espejos de agua lo que emulan las aves.
A veces el mar tiene reflejos de mis alas.

(De Ese tren que nos lleva, Madrid, Endymion, 1999 p.38)


XVII
Va glauco declinando del invierno
el día con su lluvia en los alambres
de pájaros vacíos y de abejas.
Las flores de papel y los retratos
callados en las sombras de los muebles
y el ocre cenicero sepultando
los restos de horas áridas y huidas.
Licores en las copas de la tarde
hoy tienen el sabor del estramonio,
y hay flores de alcanfor en los jarrones
y sueños en espejos empolvados
que acaban duplicando la tristeza.
Monótona es la luz en los cristales,
monótona en la piel de la verdina,
monótona en la cal del campanario
y en las desnudas varas de las viñas.
La triste bordadora de las sombras,
sentada al bastidor, hace sudarios
con hilos arrancados al silencio.

(De Panorama desde el ático, Madrid, Rialp, 1998, p.35)


ESA NOCHE BAILARON el vals de la ternura
en la casa habitada por recuerdos y cactus,
el vals que sólo bailan los cuerpos solitarios.
Decoraron la mesa con flores encarnadas
y brindaron con besos en las copas antiguas.

Bailaron esa noche un vals hasta el desmayo.
Apagaron las luces y sólo las farolas
testigos fueron albos detrás de las ventanas.

Se pusieron los trajes de los días de fiesta
y bebieron la dicha de los peces del alba.
Y mecieron sus cuerpos como tallos dormidos
en los brazos borrachos de dulzor y diamantes.

Bailaron desde el sueño el vals de la ternura,
tuvieron en la boca las uvas del estío.

En el patio la noche les olía a mimosas
y tomaron la senda de la aurora de mayo
dejando la tristeza desnuda en el armario.

Cogidos de los labios huyeron del escombro.

(De Ese tren que nos lleva, Madrid, Endymion, 1999 p.44)


FOTO DEL 63

Hay una luz de claustro en esta foto,
de soledad de esperma
y de locura, una luz
de tormenta de otoño
y de colegio de fantasmas.

Hay un niño y un mapa
y una bola del mundo
que lleva años enteros
girando en un cajón oscuro.

Hay una sonrisa de metal helado,
de mercurio de termómetro difunto,
un humo de alquimista
sonámbulo y misericorde
que se forja en el frío
de los muertos en vida.

En esta fotografía
hay cristales rotos de un sueño diezmado
y espumas olvidadas de una playa distante.

Un suicida
podría haber escrito en su reverso
la despedida solemne y temblorosa
del cansancio y la duda.

Mientras, el niño sonríe
completamente ajeno al espejismo
donde se iban formando en silencio
las larvas venenosas de la nostalgia.

(De La soledad del nómada , Madrid, Vitruvio, 2004, p.53)


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[Ficha elaborada por Peña]