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FIERRO CLAVERO, Álvaro


 

FIERRO CLAVERO, Álvaro

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Álvaro Fierro Clavero nació en Madrid en 1965. Es ingeniero industrial. Está vinculado a diversos grupos y tertulias poéticas: Prometeo, Tertulia del Buen Retiro, Nocturno i. En 1993 comienza a escribir poesía y en 2002, cuento. En este mismo año funda junto con los poetas Andrés R. Blanco y Gracia Iglesias la revista cultural por internet www.aqueloo.org, en la que dirige la sección de poesía La carne sobre la hierba.

 


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- POESÍA:

Con esa misma espalda (1994).
Tan callando (2000).
Los versos inútiles (2009).
Colonizado corazón - Libro de piropos (2011).
La mirada en el agua(2011).

El sentido de lo que no sucede (2013)

- NARRATIVA:

El peso de los sueños (2005).
Los Meagrada (2011).

 


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1993: Rafael Morales de Poesía.
1999: Accésit Adonais de Poesía.


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POÉTICA: LA INSUBORDINACIÓN DE LAS PALABRAS

El poema es un artefacto verbal. Verbal, porque está hecho de palabras, y arte-facto porque

1) Es un hecho artístico
y 2) Es un dispositivo que pretende algo.

El arte tiene tantas definiciones como personas hay en el mundo, porque carece de una verdadera definición. He aquí la no-definición mía: manifestación humana sujeta de alguna manera a la medida. Esto convierte en arte tanto la arquitectura como la fabricación de sillas, y eso es algo con lo que estoy de acuerdo, aunque se debería perfeccionar mi no-definición para que deslindara la sublime arte de la entrañable y práctica artesanía, pero eso me llevaría a complicar las cosas, y para los propósitos de este texto eso no es conveniente. ¿Qué se mide en un poema? Cada autor sujeta sus versos a determinadas reglas -conceptuales, sonoras, sintácticas, topológicas, semánticas- que son la medida de su poesía. Algunas son pintorescas: Por ejemplo Jorge Guillén nunca comenzaba un verso con una vocal si el verso anterior acababa asimismo en vocal. Mi poesía, que es la que mejor conozco, busca habitualmente el fonema /z/, las palabras esdrújulas, las agrupaciones consonánticas "mbr", "mpr", "br", "pr", las palabras acabadas en "-ento", gravita en torno a la estrofa, da mucha importancia al primer y último verso, a menudo retoma en el final del poema algo que apareció en el comienzo del mismo, emplea raramente la segunda persona del singular y asiduamente el polisíndeton, presenta una abundancia superior a la normal de versos de nueve y trece sílabas, es por lo general panteísta, intenta con frecuencia el neologismo, cuando aparecen encabalgamientos siempre ocupan la totalidad del verso siguiente, en el caso de los romances asuenan los versos pares por un lado y los impares por otro, en los sonetos no es infrecuente que alguna rima de los tercetos ya haya sido empleada en los cuartetos, etcétera.

Mediante su dispositivo verbal, el autor pretende dejar un recuerdo en la memoria del lector. Pero no se trata de un recuerdo cualquiera. Las novelas, por ejemplo, nos dejan huella mnemotécnica de personajes, situaciones, ambientes históricos, tramas, pero su propósito no es, que se sepa, dejarnos un recuerdo literal. No parece fácil aprenderse una novela de memoria -aunque Euler se sabía la Eneida, que no es muy diferente de una novela, en latín- y si alguien lo hiciera perdería su tiempo. En absoluto conocería mejor su contenido. Otro tanto le sucede al lenguaje periodístico, jurídico, científico o filosófico. Todos ellos tienen en común que son susceptibles de ser resumidos. Sin embargo millares de personas conocen poemas de memoria, porque los poemas buscan quedar anclados literalmente en el recuerdo del lector. A nadie se le ha ocurrido hasta la fecha resumir un poema, si acaso se publica un fragmento. Cabe quizá la excepción de los grandes poemas épicos (Odisea, Ilíada, Divina Comedia, Cantar del Mío Cid), cuyo mundo está -quien sabe si por suerte o desgracia- muy alejado del hombre contemporáneo y tengo dudas de que sean en su totalidad poéticos. Seguramente Homero sería hoy novelista.

Si un poema, si un verso es retenido, se ha salvado.

Ahora bien, la publicidad también pretende dejar una huella literal en sus destinatarios y se vale del eslogan -que curiosamente significa voz de los muertos, según cuenta Elías Canetti en Masa y poder- para conseguirlo. ¿Qué diferencia, pues, a la poesía de la publicidad? Hasta el siglo XX el lenguaje humano siempre ha sido referencial. Hablemos de lo que hablemos, siempre nos referiremos a algo, real o imaginario, concreto o abstracto, y eso es algo que de manera obvia también atañe al lenguaje publicitario. Por el contrario, el lenguaje poético escapa a esta regla desde el descubrimiento del surrealismo, no tiene que referirse a algo necesariamente. Léase a Saint-John Perse, Breton, Lezama Lima, Espacio de Juan Ramón Jiménez, el Antonio Gamoneda más tardío, algún Gimferrer, Trilcede César Vallejo, Vicente Huidobro y tantísimos otros.

Pero hay más rasgos que convierten al lenguaje poético en algo único. El poema se asemeja a una montura en la que se engastan las palabras, que entonces revelan todas sus bellezas, y les crecen hermosuras nuevas al contrastar con las palabras cercanas y sus campos semánticos respectivos. Basta con escuchar un buen poema para encontrarles nuevas intenciones y asistimos entonces a la insubordinación de las palabras respecto de sus significados habituales, intentan decirlo todo. Podemos ir más allá y recordar la primera elegía de Duino, de Rilke. En ella al poeta se le ofrecen las cosas para que las cante. En el fondo Rilke nos dice que el poeta rescata a las palabras de su pequeñez, de su contingencia, y las instaura en la eternidad del poema. Al salvar una palabra, el verso se salva a sí mismo.

Pero, ¿por qué ha de importarle a alguien que las palabras y las cosas se salven en los poemas? Tengo para mí que la poesía además transforma a quien la lee, le hace más consciente, más humano. Nadie es ya el mismo tras la lectura de un gran poema. Como mínimo tendrá un recuerdo más que le acompañará mientras viva. No se trata, como pretendían los venerables poetas sociales, de convertir a una persona aburguesada en un revolucionario. Por el contrario, el lector debe tener la sensación de que el acto de leer ha merecido la pena, que tienen sentido los minutos y el dinero que ha invertido, que la vida tiene por finalidad llegar hasta el instante en el que, mediante la poesía, ve de otra manera el mundo.

 


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(1994)

(no es el viento

ni el otoño de esta calle

la pereza de un motor o ese neumático

que aleja sus arrugas

otro trueno doméstico de las persianas

son mis pasos

y se despegan mudos

alejándose

creo que han descubierto

que hoy la gravedad no es vertical

y caen hacia delante

dan la vuelta y ponen rumbo a casa

van llorando)


(Poema sin título perteneciente al libro Con esa misma espalda, p. 65).

 


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