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GÁNDARA, Alejandro


 

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Alejandro Gándara nació en Santander en 1957. Es escritor y profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Imparte clases y dirige la la Fundación Escuela de Letras de Madrid. Fue atleta en su juventud. Es colaborador habitual del diario El País.

 

 

 

 

 

 


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-NARRATIVA:

La media distancia (1984).
Marte a los mortales (1985).
Cuaderno de vacaciones 3 (1985) Junto a Justino Rodríguez Esteban.
Punto de fuga (1986).
La sombra del arquero (1990).
El final del cielo (1990).
Ciegas esperanzas (1992).
Falso movimiento (1992).
Nunca seré como te quiero (1995).
Cristales (1997).
Últimas noticias de nuestro mundo (2001).
Un amor pequeño (2004).

El día de hoy (2008).


-ENSAYO:

Las primeras palabras de la creación (1998).

No nos entendemos (1990)

El buscador de oro (2002)

Ciudades posibles (2003)

Los rascacielos de marfil (2006)


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1979: Premio Ignacio Aldecoa de Cuentos.
1983: Premio Prensa Canaria de novela por La media distancia.
1992: Premio Nadal de novela con Ciegas esperanzas.
1998: Premio Anagrama de ensayo con Las primeras palabras de la creación.
2001: Premio Herralde de novela con Últimas noticias de nuestro mundo.


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A partir de ahora, gran parte de mi literatura va a ser más próxima, muy cercana a lo que estamos viviendo, a lo que está pasando, por lo menos para tratar de comprender este momento tan raro. Estamos viviendo un momento absurdo y escribir sobre ello es difícil en la medida que explicar el absurdo es muy peligroso, es muy extraño.
Es raro que el género de la novela contemporánea no se haya instalado antes en España dado que se apoya en una ficción absoluta. En cambio no es raro que haya nacido aquí en España la ficción absoluta porque es tal la cantidad de mentiras cotidianas, la urdimbre de mentiras que están tejiendo todos los días acerca de cualquier clase de realidad, que es prácticamente imposible saber de qué estamos hablando casi ninguno. No digo ya saber cual es la verdad, sino saber sobre lo que estamos hablando. ¿De qué hablamos?
El escritor trata de saber algo. Saber lo que pasa, y dentro de eso averiguar sobre lo que le pasa a uno, o saber lo que está pasando a tu alrededor.
Escribo a partir de algo que me parece urgente y necesario. Yo ahora tengo el sentimiento de que hay algunas cosas que son más urgentes que otras, entre ellas la pérdida de la identidad de los individuos, la pérdida de los espacios en los que moverse, la pérdida de campos de operación donde los sujetos se manifiesten. El sentimiento que yo tengo es que vivimos como si al día siguiente no fuera a pasar nada. Se han descubierto muchas cosas. Va a haber un cambio de civilización. Van a pasar cosas no sólo en el mundo sino en la forma de concebir la realidad. En cierto modo en literatura ya se ha producido en la sinestesia de los sentidos, eso ha cambiado la literatura. Ya hay autores que se han hecho eco de ello, por ejemplo, Barrico, o de una manera más radical, Eugenides.
Cuando dicen "voy a escribir una autobiografía", muchos quieren decir "voy a ver lo que os cuelo". La biografía es tan ficción como cualquier novela, lo que pasa es que permite un registro en el cual el autor está cómodo. El artificio puede ser más llano. Se puede jugar con todo, con lo que uno sabe, con lo que el otro sabe que te ha pasado, con lo que se piensa que es una información, entra todo. Tan legítimo como el que se inventa una historia desde otros parámetros.
Gran parte de mi narrativa tiene que ver con un intento de construir una voz que pueda hablar del presente. A veces ha salido bien y otras no. Trato de que sea una voz muy pegada a la escena que está contando, digamos que no tengo un narrador por encima de la escena como en el caso de Faulkner, Conrad o Henry James. Tengo un narrador muy pegado a lo que pasa que no es muy realista, no es como Balzac o Flaubert, que pegan los narradores a escena, yo lo tengo un poco por encima sin llegar a estar tan alto.
Se puede injerir en cualquier cosa y creo que además no está mal. Es probable que la voz narrativa sea una voz interferida cada vez con más frecuencia de lo que ha sido hasta ahora debido a las propias necesidades que tiene el autor. Ha habido dos grandes períodos: uno en el cual había una voz omnisciente en la que se podía contar cualquier cosa desde cualquier lado, era una voz autorizada que tenía autoridad y poder. Y otro período, en el que se vio la necesidad del artificio, y el narrador no estaba en condiciones de decir cualquier cosa sino que el lector interrogaba al narrador y le preguntaba si era legítimo que se pusiera a hablar.
El género de la novela por definición contiene el resto de los géneros y condiciona todas las formas posibles de contar la realidad. Por ejemplo, entre El Quijote y las novelas del siglo XIX no hay ningún parecido y entre las novelas del siglo XIX y las del XX, menos. Tampoco lo hay entre las novelas del siglo XX antes de la II Guerra Mundial y las del grupo alemán del año 47. La novela es la historia que nos contamos a nosotros mismos para seguir viviendo mientras haya formas de contar o ganas. Eso sí, en España seguirá siendo costumbrista y realista. Inamovible.
Corrijo bastante y siempre escribo igual. Tengo un período de bastante tiempo de preparación, después hago un guión y luego lo llevo a cabo.
(2004)


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La habitación sólo tenía la luz de una lámpara pequeña sobre la mesilla de un rincón. El aspecto de Fran era más impresionante en la penumbra de color ámbar que tenía el aire. Tenía una sonda en la nariz y otra sujeta con un esparadrapo en el brazo izquierdo. Bajo la camisola del pijama abultaba el vendaje espeso del tronco. El pelo escaso estaba empapado en sudor y la carne del rostro parecía haberse ido hacia atrás, haciéndole más delgado y afilando sus facciones. Parecía dormido detrás de los párpados hinchados y grandes.
-Vamos, papá -dijo Carlota en su oído.
-Carlota, Carlota -su madre trató de apartarla cogiéndola del brazo-. ¿No has oído al médico?
-Vamos, papá -repitió Carlota sin hacer caso de su madre.
Elvira se quedó agarrada al brazo de su hija, pero ya no dijo nada más.
Mientras, Toto se había ido acercando poco a poco desde la pared en la que se había quedado frente a los pies de la cama. Cuando estuvo cerca de su madre, se tapó la cara y empezó a llorar de una forma que podía confundirse con una respiración fuerte.
-Aquí no, Toto-dijo Elvira bajándole las manos.
-Vamos, papá- seguía diciendo Carlota.
Entonces, Fran abrió los ojos, y los ojos pardos, saltones, se fueron posando débilmente en las caras. La última fue la de Elvira. Y Elvira le devolvió una mirada de amor, no de misericordia. Fran cerró los ojos y pensó: Ahora vuelvo.
Ahora vuelvo.

(De Falso movimiento, 1992.)


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ALONSO, Santos, La novela española en el fin de siglo 1975-2001, Madrid, Mare Nostrum, 2003.

ASÍS GARROTE, María Dolores de: Última hora de la novela en España, Madrid, Ediciones Pirámide, 1996.

GRACIA, Jordi: Los nuevos nombres: 1975-2000. Primer suplemento, en Rico, Francisco: Historia y crítica de la literatura española, Barcelona, Crítica, 2000.

MARTÍNEZ CACHERO, José María: La novela española entre 1936 y el fin de siglo. Historia de una aventura, Madrid, Castalia, 1997.

VILLANUEVA, Darío y otros: Los nuevos nombres: 1975-1990, en Rico, Francisco: Historia y crítica de la literatura española, Barcelona, Crítica, 1992.


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[Ficha elaborada por Gonzalo Álvarez Perelétegui]