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MATUTE, Ana María


 

MATUTE, Ana María

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Ana María Matute Ausejo nació en Barcelona el 26 de julio de 1925, en el seno de una familia acomodada. Escribió su primer relato, ilustrado por ella misma, a los cinco años, tras haber estado a punto de morir por una infección de riñón. Se educó en un colegio religioso en Madrid. Escribió su primera novela, Pequeño teatro, a los diecisiete años, e Ignacio Agustí, director de la editorial Destino, le ofreció un contrato de 3.000 pesetas que ella aceptó; sin embargo, la novela no se publicó hasta ocho años después. En 1949 quedó semifinalista del Premio Nadal. En 1952 se casó con el escritor Eugenio de Goicoechea. Su hijo, Juan Pablo, nació en 1954, y el matrimonio se separó en 1963. De 1965 a 1966, Matute estuvo ejerciendo de lectora a Bloomington (Indiana) y en 1968, en Norman (Oklahoma). Ha recibido numerosas distinciones académicas. Es miembro de la Real Academia Española de la Lengua desde 1996. Miembro honorario de la Hispanic Society of America y de la American Association of Teachers of Spanish and Portuguese. Doctor Honoris Causa por la Universidad de León y medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid, 2006. Recibió el Premio Cervantes en 2010.

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Obra

Novela:

Los Abel (1948)
Fiesta al Noroeste (1953)
Pequeño teatro (1954)
En esta tierra (1955)
Los hijos muertos (1958)
Primera memoria (1960)
Algunos muchachos (1964)
Los soldados lloran de noche (1964)
La trampa (1969)
La torre vigía (1971)
Luciérnagas (1993)
La oveja negra (1994)
Olvidado rey Gudú (1996)
Casa de juegos prohibidos (1996)
Los de la tienda; El maestro (1998)
Aranmanoth (2000)

Paraíso inhabitado (2008)

Relatos:

La pequeña vida (1953)
Los niños tontos (1956)
El país de la pizarra (1957)
El tiempo. Barcelona: Mateu (1957)
Paulina, el mundo y las estrellas (1960)
El saltamontes verde y El aprendiz (1960)
A la mitad del camino (1961)
Libro de juegos para los niños de los otros (1961)
Historias de la Artámila (1961)
El arrepentido (1961)
Tres y un sueño (1961)
Caballito loco y Carnavalito (1962)
El río. Barcelona: Argos (1963)
El polizón del "Ulises" (1965)
El aprendiz (1972)
Sólo un pie descalzo (1983)
La virgen de Antioquía y otros relatos (1990)
De ninguna parte (1993)
El verdadero final de la bella durmiente (1995)
El árbol de oro y otros relatos  (1995)
Cuaderno para cuentas  (1996)
Todos mis cuentos (2000)

La puerta de la luna (2010)

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Premio Café Gijón (1952)

Premio Planeta (1954)

Premio de la Crítica (1958)

Premio Nacional de Literatura (1959)

Premio Nadal (1959)

Premio Fastenrath de la Real Academia Española (1962)

Premio Lazarillo de literatura infantil (1965)

Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil (1984)

Premio Ciudad de Barcelona (1996)

Premio Terenci Moix, (2006)

Premio Nacional de Las Letras (2007)

Premio Cervantes (2010)

Premio de la Crítica de la Feria del Libro de Bilbao (2011)

Premios Ondas Mediterráneas Mención Especial RIET (2012)

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     Pienso que la poesía es la esencia misma de la literatura, la máxima expresión literaria. Quizá el lenguaje poético sea, en el fondo, el más próximo a mi concepción personal de lo que es la escritura: el uso de la palabra para perseguir y desentrañar el envés del lenguaje, el revés del tejido lingüístico. […]

     Así, es mi intención invitarles, en este discurso mío tan poco erudito y tan poco formal, a ensayar una incursión en el mundo que ha sido mi gran obsesión literaria, el mundo que me ha fascinado desde mi más tierna infancia, que desde niña me ha mantenido atrapada en sus redes: el “bosque”, que es para mí el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura y, a fin de cuentas, de la palabra. Y desearía hacerlo bajo la invocación de Alicia en el país de las maravillas , con los siguientes versos:

                Recibe, Alicia, el cuento y deposítalo
                donde el sueño de la Infancia
                abraza a la Memoria en lazo místico,
                como ajada guirnalda
                que ofrece a su regreso el peregrino
                de una tierra lejana.

     El momento en que Alicia atraviesa la cristalina barrera del espejo, que de pronto se transforma en una clara bruma plateada que se disuelve invitando al contacto con las manitas de la niña, siempre me ha parecido uno de los más mágicos de la historia de la literatura, quizá el que ofrece un mito más maravilloso y espontáneo: el deseo de conocer otro mundo, de ingresar en el reino de la fantasía a través, precisamente, de nosotros mismos. Porque no debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es otra cosa que la imagen más fiel y al mismo tiempo más extraña de nuestra propia realidad.

 (“En el bosque”, Discurso de entrada en la RAE, el 18 de enero de 1998)

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Un día, por fin, se enteró de quién era "Pipa".

-La muñeca -explicó la niña.

-Enséñamela...

La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver claramente.

-No la veo, hija. Échamela...

La niña vaciló.

-Pero luego, ¿me la devolverá?

-Claro está...

La niña le echó a "Pipa" y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó pensativa. "Pipa" era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía las dos manos.

-¿Me la echa, doña Clementina...?

Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a "Pipa" hacia la ventana. "Pipa" pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en su juego.

Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con "Pipa".

-"Pipa", no tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, "Pipa", cómo me miras! Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, "Pipa"... Siéntate, estate quietecita, te voy a contar, el lobo está ahora escondido en la montaña...

La niña hablaba con "Pipa" del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a "Pipa" en las rodillas, y la hacía participar de su comida.

-Abre la boca, "Pipa", que pareces tonta...

Doña Clementina la oía en silencio. La escuchaba, bebía cada una de sus palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.

(“La rama seca”)

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