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RUIZ CEDIEL, Ángel


 

RUIZ CEDIEL, Ángel

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Nace en 1955. Madrileño. Escritor vocacional, con 16 años gana su primer concurso literario. Ha sido finalista en varios concursos literarios, La Rama Dorada (1986), Azorín (1996) Planeta (1999), Ateneo de Sevilla (2002) y Fernando Lara (2002). Ha publicado doce novelas, hasta la fecha, y un número considerable de poesías y cuentos. Es fundador de la Revista Literaria Cervantalia.

 


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- NARRATIVA:

El esplendor de la miseria (1984).
Germen de Dios, semilla del diablo (1986).
La amarga sombra del verdugo (1990).
Los Luna: una historia gaucha (1997).
Una flor en el infierno (1998).
Recuento (2001).
Carne (2002).
Sangre Azul (El Club) (2003).
El hombre evanescente (2004).
Los días de Gilgamesh (2005).
El Autor prodigioso (2006).
Lemniscata (2007).
Tetragrammaton (2008).

El pastor de las desgracias (2009).


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1986: La Rama Dorada 1986 (finalista) - con la novela Germen de Dios, semilla del diablo.

1996: Azorín de Novela (finalista) - con la novela Germen de Dios, semilla del diablo.

1999: Planeta de Novela (finalista) - con Una flor en el Infierno.

2002: Fernando Lara de Novela (finalista) - con Carne.

2002: Ateneo de Sevilla (finalista) con Carne.

2008: Planeta de Novela con Lemniscata.

 


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GERMEN DE DIOS, SEMILLA DEL DIABLO (1986)

Aumentan la magnitud de la catástrofe. Más allá, pasado El Cristo de Rivas, un Junker alemán había desperdiciado varias ráfagas para dar término a la vida de los médicos y de dos oficiales, los cuales viajaban en el mismo automóvil. Por lo demás, un viaje lento y difícil que, de no haber sido por lo muy mucho de obstinación que había, no lo llevan adelante en vista de los inconvenientes.
Con una austerísima conducta, cuya responsabilidad se hacía impropia a la edad de los galopines, formaban grupos en torno a los camiones, amparándose entre ellos o metiendo sus rostros en las prendas de abrigo y cruzándose las solapas tanto como daban de sí las piezas. Algunos de ellos tenían manoplas; otros, guantes con respiraderos; los más, la piel que tapara sus huesos. Pero a pesar de la evidente diferencia en las indumentarias, reflejo de privilegio político de sus padres o enseres prestados en usufructo, no hacían mueca que indicara incomodo o desacuerdo, antes bien, se entremezclaban todos en un silencio que engrandecía la tragedia, y algunos, los más fuertes o los más amorosos, brindaban el cobijo de su cuerpo o su indumento a los más chicos, cálida gruta que se abría bajo los faldones del gabán. Era mixta chiquillería de conmiseración de cuerpo, necesidad de cariño y calor de alma, mendicantes seres que imploraban el alejamiento de la guerra, del horror de la muerte y de la calamidad del odio. Sus caras bien lo decían sin palabras; aquellos ojos tristísimos, como cuajados de rocío, que miraban ora al cielo atormentado por los relámpagos de los cañones mortíferos, ora al suelo encharcado, ojizarcos éstos, ojiprietos ésos, temerosos todos; aquellos labios amoratados de frío, cual si el relente hubiera helado en ellos el diamantino brillo de los luceros; las caritas sobrecogidas, sus moqueantes naricillas, los vivísimos rosetones de las mejillas y, sobre todo, aquellas manitas ateridas, congestionadas por el helor de la noche, privadas casi de movimiento y con los abotagados dedos casi paralizados y las uñas emblanquecidas... Destilaban en silencio el proceso triste de su historia, locuaz, indolente, tal vez sobrellevado por la costumbre adquirida a la penuria, por el abatimiento encerrado en su trágica infancia o por aquel continuo sucumbir ante la realidad. Ampollas levantaba aquel espectáculo en la carne del alma,

(Germen de Dios, semilla del Diablo, 1986).

 


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[Ficha elaborada por Manuela Mammino]