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PEREZ FERNANDEZ, Javier


 

PEREZ FERNANDEZ, Javier

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Javier Pérez Fernández, (Zamora, 1970) aunque afincado siempre en distintas localidades de León, como Villameca, La Bañeza y la capital de la provincia. Profesionalmente, se especializó en marketing y economía agraria. Dirigió durante un tiempo la revista universitaria. Comenzó a escribir a los catorce años en periódicos y revistas, concretamente en Bedunia, de La Bañeza como autor satírico, y en el diario La Crónica-El Mundo, donde realizó un suplemento dominical sobre historia militar leonesa. Autor de diversas obras, periodísticas y de ficción, ganó en 2006 el Premio Azorín de novela por su obra La crin de Damocles. Como autor de relatos cortos ha recibido numerosos premios. Ha publicado una veintena de relatos en diversas antologías. Sus principales trabajos pertenecen al campo de la novela, especialmente en los géneros histórico y policiaco, que suele fundir en sus obras.

 


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- NARRATIVA:

Apagar el sol (2003).
La crin de Damocles (2006).
La espina de la amapola (2008).
No malgastes las flores (2009).
El Gris (2010).

El secuestro del candidato (2012).


- ENSAYO:

Nicomedes Pastor Díaz. El romanticismo de estado.
Somos lo que nos vamos. Análisis del despoblamiento rural.

 


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1999: Premio Ateneo Cultural de León.
2000 (2005): Finalista del Premio Felipe Trigo de narrativa.
2001 (2005): Finalista del Premio Fernando Lara de novela.
2001: Finalista del Premio Jaén de novela.
2002: Premio Novela Corta "Castillo Puche".
2003: Finalista del Premio de Relatos Ciudad de Tudela.
2004: Premio Argaya de ensayo, Diputación de Valladolid.
2005: Finalista del Premio Ciudad de Alcalá de novela corta.
2005: Finalista del Premio de relatos Ciudad de Villajoyosa.
2005: Finalista del Premio de relatos policiacos Demetrio Cañizares.
2005: Finalista del Premio de Ensayo Los Molinos.
2005: Finalista del Premio de relatos Villa de Murchante.
2005: Finalista del premio de Relatos Alvaro Cepeda Samudio, Colombia.
2005: Finalista del Premio Villa de Cabra de Relatos.
2005: Premio Villa de Muel de narrativa.
2005: Premio de narrativa Tierra de Monegros.
2005: Premio de Novela Corta Galiana.
2006: Finalista premio relatos Gabriel Miró.
2006: Premio Azorín de novela.
2006: Premio de Relatos Anxel Fole, Lugo.
2006: 2º Premio Alfonso Martínez Mena de relatos.
2006: Premio Azorín de novela.
2007: Finalista del premio de relatos Benferri.
2007: 2º Premio Frida Kahlo.
2007: Premio Lasarte Oria de relatos.
2007: Premio Ciudad de Ponferrada de poesía.
2007: Premio Facultad de Farmacia S. de Compostela poesía.
2007: Premio de relatos policiacos Demetrio Cañizares.
2008: Finalista del premio Mario Vargas LLosa de relatos.
2008: Premio Álvarez Tendero de relato.
2009: Premio de Novela Corta EL FUNGIBLE.
 

2009: Premio de relatos Ciudad de Mula.

2010: Premio de relatos Europa Direct.

2010: Premio José Nogales de Relato.

2011: Premio de Novela Ciudad de Badajoz por El secuestro del candidato.


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Llovía como para imaginar peces en el aire, doblando limpiamente las esquinas de las calles, o caracoleando entre quioscos, farolas y tejados. En la comisaría central, cerca de la iglesia de Marien Hilfe, el agua se colaba por los remiendos del tejado hasta el primer piso, y desde allí, a través de la gastada tarima, continuaba su incursión hasta la oficina del comisario Müller, responsable del Departamento de Asuntos Políticos.
Pero el comisario estaba contento, a pesar de las goteras y de seguir en su despacho un domingo a las ocho y media de la tarde. Los días anteriores se había ido a casa aún más tarde, pero aquel ritmo de trabajo estaba a punto de acabar.
Después del fallido golpe de la cervecería, llevaban dos días buscando a Hitler, y por fin lo habían encontrado. En cuanto metiera entre rejas a aquel maldito individuo podría tomarse un respiro.
En principio, pensó organizar un gran despliegue para que no se le escapara de las manos, pero luego creyó más sensato no armar ningún alboroto y presentarse él mismo con el sargento Meisinger, su hombre de confianza, y un par de agentes más en el escondrijo del líder reaccionario. Quizá estuviera allí también el dinero que robaron los nazis en la sede del Banco Nacional aprovechando el alboroto; además de tratar de ocupar los puntos estratégicos de la ciudad y de secuestrar al gobierno, uno de sus destacamentos había asaltado el Banco Nacional: catorce mil seiscientos billones, nada menos. Con ese dinero, los nazis podían permitirse demasiadas cosas, y era crucial encontrarlo.
El sargento había respondido con una maldición entre dientes a la llamada de su jefe y amigo, pero sabría cumplir con su deber por mucho que sus inclinaciones personales se orientaran hacia el revoltoso partido nacionalsocialista del sedicioso austríaco. Cuando Müller le insinuó que podía llamar a otro cualquiera para la ocasión, Meisinger se negó rotundamente, pensando que la detención podía ser algo más arriesgado que un simple trámite si Hitler no estaba solo.
Lo más probable era que no tratase de llamar la atención y hubiese prescindido de su pequeña banda de guardaespaldas, temeroso de dar a la policía un pretexto para pegarle un tiro, pero de todos modos había que ser precavido.
El coche esperaba ya a la puerta, y los dos agentes que había elegido para la ocasión, veteranos de absoluta fiabilidad, hacía media hora que aguardaban a la entrada de la comisaría, hablando de cualquier cosa con los del turno de guardia. En cuanto llegara Meisinger se pondrían en marcha, y ya no podía tardar mucho.
Con los nazis en fuga y los comunistas aún amedrentados por las últimas derrotas en la calle, Müller tenía por fin una oportunidad de restaurar el imperio del orden. Los actos de saqueo habían menguado sensiblemente en la última semana; los separatistas, después de sus sonados fracasos en el norte, habían preferido disolverse por su cuenta antes de que los dispersaran a porrazos, y los dirigentes comunistas no hacían ya caso de las soflamas procedentes de Rusia urgiéndolos a aprovechar la debilidad del gobierno. Porque el gobierno podía ser débil, pero las escuadras pardas no lo eran en absoluto y tenían escondidas, con mayor o menor grado de connivencia de las autoridades, grandes cantidades de armamento para hacer frente a la eventualidad, nunca descartada, de una nueva revolución obrera como la del diecinueve o de una ocupación extranjera a mayor escala que la que los franceses y los belgas mantenían aún en la cuenca del Ruhr.
Después de un año entero de caos, se vislumbraba al fin una luz al fondo del túnel: el gobierno del Reich había anunciado ya medidas económicas de choque, y los precios, súbitamente, habían dejado de subir. La libra de pan se había estabilizado al fin en doscientos sesenta mil millones de marcos, y el salario obrero medio, el que diariamente cobraba cualquiera de sus agentes o un obrero de una fábrica, rondaba los tres billones de marcos.

(De La crin de Damocles, 2006).

 


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[Ficha elaborada por Manuela Mammino]