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CALCEDO JUANES, Gonzalo


 

CALCEDO JUANES, Gonzalo

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Nace en Palencia, en 1961. Por motivos familiares se traslada a León y posteriormente a Santander, donde actualmente reside. Un parco "pedigree" académico le condujo temprano al oficio de funcionario. Con la excepción de una novela, ha dedicado la mayor parte de su labor como escritor al cuento. Su vagabundeo editorial bien podría considerarse una metáfora de la condición del relato en nuestra literatura. Colabora en prensa como articulista, imparte conferencias sobre el género y habitualmente publica cuentos en revistas literarias.

 


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- NARRATIVA:

Esperando al enemigo (1996). Cuentos.
Otras geografías (1998). Cuentos.
Liturgia de los ahogados (1998). Cuentos.
La madurez de las nubes (1999). Cuentos.
Apuntes del natural (2002). Cuentos.
La pesca con mosca (2003). Novela.
La carga de la brigada ligera (2004). Cuentos.
El peso en gramos de los colibríes (2005). Cuentos.
Mirando pájaros y otras emociones (2005). Cuentos.
Chejov y compañía (2006). Cuentos.
Saqueos del corazón (2007). Cuentos.
Temporada de huracanes (2007). Cuentos.
Cenizas (2008). Cuentos.
Picnic y otros cuentos recíprocos (2010). Cuentos.

El prisionero de la avenida Lexington (2010)

Siameses (2011)

- OTRAS:

Los cuentos que cuentan (1998), participación con un cuento.
Narradores de Cantabria 1950-1968. La Ortiga (1998), participación con un cuento.
Idas y vueltas, relatos para un viaje (1999), participación con un cuento.
Noche de relatos NH (2000), participación con un cuento.
Cuentos de hijos y padres (2001), participación con un cuento.
Lo que cuentan los cuentos (2001), participación con un cuento.
Cuentos contemporáneos (2001), participación con un cuento.
Pequeñas resistencias (2001), participación con un cuento.
IV Certamen literario villa de Colindres (2002), participación con un cuento.
Noche de relatos NH (2002), participación con un cuento.
Di algo para romper este silencio (2005), participación con un cuento.
50 edición premio CAM de cuentos Gabriel Miro (2006), participación con un cuento.
Cuentos sobre ruedas (2007), participación con un cuento.
Luces, trazos y palabras, Homenaje a M. Delibes (2007), participación con un cuento.
Los mil relatos de la imagen y uno más, UIMP (2002), ponencia ciclo conferencias.
Sobre "La Carta robada", colaboración en Cuentos Completos E. A. Poe (2008).

 

 


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1996: Premio NH libro de relatos.
1998: Premio Alfonso Groso libro de relatos.
2000: Premio NH cuento en solitario.
2002: Finalista premio NH.
2004: Certamen literario Santoña... la mar.
2005: Premio Tiflos libro de relatos.
2005: Finalista VIII Premio Cuentos Ilustrados de Badajoz
2006: Premio Caja España libro de relatos..
2006: Premio Cortes de Cádiz libro de relatos.
2007: Premio Cuentos sobre ruedas.
2007: Premio Manuel Llano libro de relatos.
2009: Premio Ciudad de Coria libro de relatos.



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Las novelas no suelen regalarse, los cuentos sí. Una vez terminados son abarcables, con suerte una pequeña joya que cabe en un estuche y se convierte en una dádiva. Si alguien me pide un relato para un periódico o una revista, lo cedo gustosamente. No sólo es una hipotética publicidad, sino también un destino. Escribo demasiadas historias, quizás porque todavía hoy disfruto con ese corte y confección de palabras que no admite errores de talla. Pero tanta dicha tiene un defecto añadido: es tal el número de cuentos huérfanos, sin el cobijo de un libro, que su entrega en adopción adolece de rigor administrativo. Antaño eran de papel y envejecían en cajones y cajas de cartón. Hoy son digitales y carecen de la ternura del folio acartonado y la herida oxidada de una grapa; hasta se les niega la plebeya encuadernación de lo breve, esos contados folios que nunca podrán lucir las tapas de la novela. Pobrecillos. Ya no recuerdo cuántos han sido, aunque, siendo benévolo conmigo mismo, en los días tristes pienso que han seguido creciendo en la mente de quienes, por azar, los leyeron.

 


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Ultramarinos

Mamá me escribía el pedido en hojas cuadriculadas; tenía letra de niña y no ponía ni haches ni acentos. En la tienda de ultramarinos los embutidos colgaban sobre mi cabeza como murciélagos y las lechugas, mojadas por el rocío, me rozaban las piernas cuando avanzaba por el pasillo trocado en jungla.
-¿Podrás con todo? -se reía el tendero con el lápiz en la oreja, y yo me guardaba el cambio y regresaba a casa sintiéndome un explorador.
Mamá nunca hacía la compra. Ni siquiera salía de casa por culpa de sus piernas, sobre todo la derecha, que parecía una columna griega. Yo le hacía los recados. Tenía los escalones y los adoquines contados. Cuarenta y cinco escalones y mil doscientos cincuenta adoquines. Bueno, de los adoquines no estaba tan seguro.
Mamá cocinaba cada vez menos. A veces venía mi tía y dejaba un puchero al fuego. Si hacía falta sal o pimentón me pedían el favor de ir a la tienda.
-Ahora cuéntamelo todo -mi madre suspiraba nostálgica a mi regreso.
-¿El qué?
-Pues qué va a ser. Todo lo que has visto.
Yo le hablaba de los vecinos, le decía si estaba lloviendo, si hacía sol, si habían cambiado el escaparate de la zapatería o si seguía despachando la misma chica. No había conocido a las últimas e insistía en que se las describiese. Yo no me fijaba demasiado y me inventaba que eran gordas o con bigote.
-Mira que eres despistado -se reía mi madre-. Ya te irás fijando.
Las idas y venidas a la tienda eran como viajes. Una vez la nieve enterró la acera. Otra hubo un apagón y se hizo de noche. El día de la inundación regresé a casa con los zapatos en la mano y mi madre se echó a llorar.
-Dios mío, tenía que haber ido yo y no un mocoso como tú...
La gripe me duró diez días y una vecina hizo la compra porque mi tía también estaba enferma. Cuando me puse bueno fui a la tienda entusiasmado. Habían cerrado por reforma. Mi madre me preguntó si me atrevía a ir a otra que estaba más lejos y asentí. Tardé una mañana en volver. Todo era más caro y se quedó mirando el dinero de la vuelta con pena.
-Espero que vuelvan a abrirla.
Pero los cristales siguieron pintados de blanco durante meses y cuando desapareció aquel velo ya no había tienda de ultramarinos.
-¿Ordenadores? -mi madre no podía creérselo.
Según crecía, mis viajes fueron alargándose. A mi madre le contaba cómo iba cambiando la ciudad, pero con mentirijillas. Para no asustarla. También empecé a ir más a la farmacia, aunque los medicamentos no le sirviesen de mucho.
-Igual que si tomara sopa, hijo mío. Igual que si tomara sopa.
Llevaba doce años sin salir de casa cuando una mañana no se despertó. Yo ya había cumplido los veinte y tenía coche y novia y compraba en el centro comercial.
-¿Mamá? -dije cogiéndole la mano escarchada. Entre los dedos encontré su última nota: un paquete de arroz, dos kilos de naranjas, una lata de melocotón en almíbar...
Nunca pedía más. Besé su frente y le dije, como si pudiera escucharme:
-No tardo nada, mamá.

(Este cuento brevísimo forma parte del libro Obras de cámara (14 relatos de tiendas), y fue editado por la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de Cantabria, en la Navidades de 2009).

 

 

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