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PEDRAZA, Pilar


 

PEDRAZA, Pilar

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Pilar Pedraza nació en Toledo en 1951. Es doctora en Historia y profesora de Historia del arte de la Universidad de Valencia desde 1982. Durante un tiempo, fue asesora de cultura de la Generalidad Valenciana y más tarde Consellera de Cultura durante la presidencia de Joan Lerma. A lo largo de su trayectoria, compagina la docencia y la investigación con la creación literaria.
Especialista en los diversos aspectos culturales del Renacimiento y el Barroco, se interesa también por la historia de la misoginia y por el cine. Junto con Antoni Aloy, ha registrado un guión cinematográfico titulado Imperatrice, basado en La fase del rubí, así como La motera, basada en el relato La chica de la moto.

 


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- NARRATIVA:


Las joyas de la serpiente (1984).
Necrópolis (cuentos) (1985).
La fase del rubí (1987).
Mater Tenebrarum (cuentos) (1987).
La pequeña pasión (1990).
El gato encantado (1992).
Las novias inmóviles (1994).
Paisaje con reptiles (1996).
Piel de sátiro (1997).
Arcano 13, cuentos crueles (2000).
Fantástico interior: antología de relatos sobre muebles y aposentos (2001).
La perra de Alejandría (2003).
El síndrome de Ambrás (2008).

Lucifer Circus (2012).

- POESÍA

Versos negros de la mujer quemada (2009).


- ENSAYO:

Barroco efímero en Valencia (1982).
La bella, enigma y pesadilla (1991).
Federico Fellini (1993).
Máquinas de presa: la cámara vampira de Carl Th. Dreyer (1996).
Máquinas de amar. Secretos del Cuerpo Artificial (1998).
Metrópolis (2000).
La mujer pantera: Jacques Tourneur (1942) (2002).
Espectra. Descenso a las criptas de la literatura y el cine (2004)
Venus barbuda y el eslabón perdido (2009).

OTROS:

- TRADUCCIONES DE OBRAS PROPIAS A OTROS IDIOMAS:

Necrópolis se tradujo al francés bajo el título Le jardin du Faune por L'Harmattan.
La fase del rubí se tradujo al francés por Éditions du Seuil bajo el título Le vitrail écarlate, y al portugués por Editora brasiliense con el título A fase do rubi.

- TRADUCCIONES PROPIAS

El sueño de Polifilo. Italiano del Renacimiento.
Tratado de Arquitectura de Filarete (Efialte). Italiano del Renacimiento

 


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1982: Premio Senyera de Investigaciones Históricas a Barroco efímero en Valencia.
1984: Premio de Narrativa del Ayuntamiento de Valencia a Las joyas de la serpiente.
1991: Premio de la critica (Ensayo) del Ayuntamiento de Valencia a La bella, enigma y pesadilla.
2004: Premio Ignotus (ensayo) a Espectra.

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" L.C.: Doctora en historia y profesora de artes, ¿cómo llegaste a la escritura?

PILAR PEDRAZA: La escritura ha sido siempre una actividad natural en mí, hasta el punto de que la elaboración de una tesis doctoral, como la que tuve que hacer, o los libros en los que he ido investigando para mi actividad académica han sido también escritura, y llega un momento en que no distingo muy bien... para mí no existe diferencia fundamental entre la escritura creativa y la científica, y me muevo con cierta soltura y felicidad en tareas intermedias, como el ensayo; y quizás esa especie de mezcla o equilibrio entre la creación y la investigación es el libro "La bella, enigma y pesadilla" .

L.C.: Hay una labor de orfebrería en tu obra, ¿cómo trabajas una novela?

PILAR PEDRAZA: Eso quisiera saber yo (ríe). Realmente es difícil de contestar, porque no sigo un método muy definido. Lo que más esfuerzo me cuesta -y lo más interesante para mí en una novela- es hacer surgir los materiales de mi interior, tenerlos delante como una especie de compilación de ladrillos con los que hay que construir algo, y una vez que se tienen empezar la elaboración racional, con un hilo narrativo, de todas esas cosas que han brotado como un magma, y que para un lector serían ininteligibles. La erupción de ese magma es para mí lo liberador, lo que más me satisface; y la segunda fase es la estructuración y pulimento; labor menos creativa, más de oficio, que me lleva muchísimo tiempo, porque mi intención es que ese magma no sea caótico, ni arbitrario, sino que tenga una estructura sólida, unos diálogos bien elaborados, etc.

L.C.: Interpreto que en tu obra hay una presencia casi constante del mito: según Lévi-Strauss, éste tiene una función conciliadora de las contradicciones, entre el deseo y la realidad, la vida y la muerte, la naturaleza y la cultura; ¿apelando a ellos te internas en el inconsciente del lector, territorio donde dormitan?

PILAR PEDRAZA: Lo que realmente me interesa es internarme en mí misma, en mi propio territorio, y como esto teóricamente es imposible (el inconsciente es lo que es y no se puede conocer), uno sólo puede acercarse a él a partir de los mitos, del lenguaje y de ciertos métodos. Y el mito, es tal vez, el más creativo de todos, y me permite ahondar en mí misma a través de ellos, extraerlos de mi interior en esa forma de magma que te comenté y darles una estructura inteligible, comunicable. Y me interesa, a partir de ese momento, la respuesta inconsciente del lector, a pesar de que sé que no puedo dirigirme ni al consciente ni al inconsciente de nadie, pero a través de ciertas mitologías comunes, que en primer lugar experimento en mí misma, luego puedo comunicar ciertas experiencias intelectuales y eróticas, experiencias que considero las más importantes en la literatura."

(Fragmento de "La inquietud al otro lado del espejo: entrevista a Pilar Pedraza", en Monográfico: Literatura gótica, 2005).


" Fantasymundo: Te consideras posmoderna. Antes de que la reconocieras como postura ideológico- vital, pensaba que la posmodernidad era una invención teórica para suplir un cierto desconcierto, el del arte actual. ¿Qué es exactamente la posmodernidad? O mejor dicho, ¿qué es exactamente tu posmodernidad?

PILAR PEDRAZA: Posmodernidad es lo que está más allá de los logros de la Ilustración y de la modernidad filosófica. Cuando se borran los límites del pensamiento y la tecnología, y cuando el hombre toma conciencia de no ser dueño de su destino, cuando los valores se ablandan y chorrean, ahí tienes la posmodernidad. Así lo entiendo yo. Mi actitud con lo fantástico es posmoderna.

( Fragmento de "Fantasymundo entrevista a Pilar Pedraza", 09/06/2009).

 


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Lilithia era región de selvas y abundante agua, de clima cálido y húmedo. Sus habitantes, hembras esbeltas y feroces, eran más humanas que los Satanitas, pues su figura nada tenía de bestial. Había en ellas, por el contrario, una especie de hipertrofia de las características humanas, un refinamiento en sus miembros, una cierta gracia espiritual. Eran de tez oscura, casi negra, y su piel suavísima y tersa brillaba con apagados reflejos de seda. Tenían ojos grandes y almendrados, con párpados muy anchos y sin pestañas. En medio de sus escleróticas ligeramente amarillentas, ardían unos iris negros y relucientes como cuentas de cristal. Como todos los ojos intensamente negros, los suyos parecían rezumar dulzura, pero al mismo tiempo se adivinaba en ellos una malevolencia agazapada. Los labios se extendían, sólidos y compactos, siguiendo un dibujo de preciosa curvatura, y su color era ligeramente más oscuro que el del resto de la piel, pero teñido de una púrpura que sugería una sensualidad poderosa, y también cierto relajamiento de la vitalidad, una especie de sutil decadencia. Las perfectas cabezas, un tanto alargadas, se alzaban sobre cuellos gráciles. Los hombros eran anchos y los pechos duros y llenos, rematados por pezones poco salientes, ligeramente amoratados. La línea de las caderas era muy ondulante en las adultas, pero anormalmente sobria en las jóvenes, que parecían muchachos. Tenían los muslos largos, las piernas bien torneadas, los tobillos delgados y los pies grandes. Era un placer verlas caminar con su paso de cazadoras, elástico y amplio, un poco lánguido, enriquecido por un leve contoneo de caderas. Aquellas criaturas no tenían machos como compañeros. Vivían en grandes chozas comunales, en tensa convivencia. Poseían extensas plantaciones que requerían pocos cuidados, y empleaban su abundante ocio en la caza y en hacer breves pero terribles incursiones en Satania, pues la carne de los Satanitas les agradaba sobremanera. En chozas más pequeñas que las suyas, criaban algunos machos, hijos de Lilith, que era su reina. Les prodigaban toda clase de cuidados y agasajos, y se peleaban por servirles y hacer grata su corta existencia de bestias de sacrificio. Tuve ocasión de ver un par de esos magníficos machos, que permanecían todo el día sentados a la puerta de sus chozas, atados a una estaca por los tobillos. No se movían ni hablaban. Tan pronto parecían estar idiotizados como meditar profundamente sobre la suerte que les aguardaba. No se quejaban ni se rebelaban, porque su destino era perfecto y entraba dentro de las leyes que regían su mundo. Lilith les había parido para una existencia corta y para un final ritual, ante el que ellos se mostraban resignados y dulces. Un día vi a las Lilithitas cosechando maíz. Cortaban las cañas, que les servía para techar sus chozas, con movimientos rítmicos y sin dar señales de cansancio, pese al calor que hacía y a la rapidez con que trabajaban. Al atardecer, cuando una de ellas hubo segado el último haz de cañas, todas comenzaron a aullar, de cara a la luna sangrienta que se elevaba en el cielo verde. Flotaba sobre los campos una niebla de fiebre, había en la tierra y en el aire un cierto estremecimiento, como un escalofrío de presagio. Vi que traían a rastras a uno de los machos, que fingía resistirse porque así estaba establecido. Le hicieron arrodillarse a empellones sobre la última gavilla, y la más madura de las hembras comenzó a degollarle. Fue una operación laboriosa, porque aunque la mujer era fuerte, el elástico cuello del muchacho se resistía. Resultó especialmente fatigoso cortar las vértebras cervicales. Los golpes de la hoz de obsidiana menudeaban, y una lluvia de sangre nos mojaba a cuantos estábamos en derredor. La mujer sudaba y jadeaba. A cada golpe, el cuerpo de la víctima se convulsionaba, y de su boca abierta salían espumas y estertores. La hoz ensangrentada brilló una y otra vez, doblemente roja contra el poniente, y fue cortando el hueso poco a poco. Finalmente, la cabeza quedó sujeta al tronco solamente por la piel del lado opuesto al de la herida; es decir, hacia atrás, mirando al cielo con ojos espantados, ya que la hoz había comenzado su trabajo por la nuez. La mujer la tomó por el cabello y de un solo tajo acabó por separarla del cuerpo, que se derrumbó sobre un cenagoso charco de sangre. Entonces suspiré de alivio, porque aquella difícil agonía comenzaba a resultarme insoportable.
Dos expertas en los ritos avanzaron, reemplazaron a la sacrificadora y comenzaron a desollar el cuerpo todavía caliente. Trabajaban con habilidad y rapidez, en medio de un profundo silencio. Cuando la piel ?un guiñapo chorreante y tibio? hubo sido separada, se revistió con ella a la muchacha más joven. El vientre del demonio muerto fue abierto y sus intestinos arrancados y lavados, para que sirvieran de cinturón a la joven que, ataviada de esta guisa, desapareció, de la mano de una mujer madura, por entre la maleza.
Las demás terminaron de despedazar al varón, reduciendo su cuerpo a un montón de pequeños fragmentos de carne y vísceras. Cada mujer tomó uno de los pedazos y todas salieron corriendo en distintas direcciones, para diseminarlos por los campos. Aquella noche hubo un gran festín, al que acudió Lilith, el húmedo demonio de las noches, la primera compañera de Adán, a la que otros llaman Esfinge. Era oscura y alta, muy corpulenta y hermosa. Su cuerpo, untado de aceite, relucía a la luz de las antorchas. Su piel satinada tenía un oriente de perla negra. Presidió el festín recostada sobre la piel sangrienta de su hijo, habido de sí misma, pues era hermafrodita y no necesitaba del concurso del varón para engendrar. Nos hartamos de carne dulce: entre todos dimos cuenta de los pedazos del joven macho muerto por la tarde, recuperados tras de su diseminación. Como invitado de honor, me agasajaron con sus sesos, que eran tiernos y buenos como los de cordero, y que comí sin repugnancia. Lilith devoró los genitales de su hijo, como era ?según dijeron? habitual. Cuando hubimos comido, Lilith se levantó para hacer una libación en honor de la Luna, que se cubrió al punto de una espesa niebla roja. Entonces llovió sangre oscura que olía a mujer, y una gran templanza descendió del cielo, una tibieza fecunda y cenagosa, preñada de vida. La noche se ahondó, y resonó como el gemido de un parto monstruoso

( Las joyas de la serpiente, 1984).

 

"(...). Un color invariable rige al melancólico: su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa (...) Pero hay remedios fugitivos: los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. (...) Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto."

(Fragmento de La fase del rubí, 1987).


"(...). Una vasija con miel se desbordó espontáneamente. Su ambarino contenido crecía, chorreaba, primero poco a poco, luego a borbotones y por ultimo trabado y a la vez incontenible como los ríos de lava de un volcán. Invadió la hierba formando un arroyo. Lo mismo ocurrió con los cántaros de vino y suero. Todo lo vivo crecía, todo lo líquido rebosaba y se derramaba, mezclándose en el suelo en vetas de colores frescos y olores fragantes. Un cabrito sobrante, sacrificado y desollado, envuelto en hojas de viña y guardado en un zurrón, se puso a balar."

(Fragmento de La perra de Alejandría, 2003).

 


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[Ficha elaborada por Manuela Mammino]