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LOPE, Manuel DE


 

LOPE, Manuel DE

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Manuel de Lope nació en Burgos en 1949. En su ciudad natal pasa su niñez y parte de su adolescencia, y a los quince años se traslada a Madrid para realizar estudios de Ingeniería y Ciencias Económicas. En 1969, decide marcharse a vivir a Francia, donde, habiendo obtenido un puesto de lector de español en la Universidad de Montpellier, comienza a escribir. Tres años después se traslada a Ginebra, y más tarde a Londres, donde pasó otros dos años. Después volvería al país galo, donde residirá hasta 1994, año en el que fija su residencia en Madrid.

 


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Albertina en el país de los garamantes (1978).
El otoño del siglo (1981).
Los labios de vermut (1983).
Jardines de África (1987).
Madrid Continental (1987).
Octubre en el menú (1989).
Marsella (1990).
Los amigos de Toti-Tang (1990).
Shakespeare al anochecer (1993).
Octubre en el menú (1995).
Bella en las tinieblas (1997).
Las perlas peregrinas (1998).
Música para tigres (1999).
La sangre ajena (2000).
Iberia. La puerta iluminada (2003).
Iberia. La imagen múltiple (2005).
Otras islas (2009).

Azul sobre azul (2011).


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1998: Premio Primavera de novela por Las perlas peregrinas.

2009: Finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León por otras islas.

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"(...). Lo primero que escribí fue un relato de unas diez o quince páginas con un tema ambicioso: un zorro en un gallinero. Era el año 1970. Me había ido de España el año anterior, en el otoño de 1969. Vivía entonces en un lugar de playa del sur de Francia con nombre de balneario de opereta: Palavas-les-Flots. Fuera de temporada, los alquileres eran más baratos que en Montpellier, donde había obtenido un puesto de lector de español en la universidad. Había abandonado mis estudios en España después de un par de meses en la cárcel de Carabanchel y otro par de meses de confinamiento en Burgos. Envié aquel relato del zorro y el gallinero a un concurso de cuentos y para mi sorpresa, al cabo de algún tiempo, recibí la comunicación de que me habían concedido el premio. Eran 25.000 pesetas de las de entonces, que me llegaron por giro postal, con las que me compré un equipo de música. Aquel resultado tan inesperado como fructífero puso en marcha un mecanismo nuevo. Era más o menos como quien inicia un proceso desconocido, comprueba que funciona y repite la operación. El mismo misterioso motor de la escritura se puso en marcha."

( "Manuel de Lope: El misterioso motor de la escritura" en el Cultural, 31/07/2008).


"(...). La actividad de una reunión de artistas se llama seminario. (Si los escritores son de alto rango jerárquico, ¿se llama conferencia episcopal?) El seminario de este año nos convoca en torno a un enunciado geográfico: El territorio de las letras. Negar ese territorio es negar nuestra capacidad de reunión. Recuerdo la leyenda de San Brandán, aquel monje retirado en una isla flotante que surgía en el océano para recoger a los náufragos. Recuerdo la leyenda de la Atlántida con la maravillosa fábula de la ciudad sumergida. En ambos casos la metáfora me parece que puede aplicarse al territorio de las letras. En primer lugar por tratarse de territorios imaginarios creados por la exclusiva e ineludible necesidad que siente el hombre de recurrir a un plano del conocimiento que no es el de los números, sino el de los objetivos. En segundo lugar, porque las letras han recogido a muchos náufragos de la vida, y porque las riquezas de la Atlántida sumergida
se dejan ver únicamente a los ojos de quien es capaz de imaginar. Es tan poderosa la necesidad de hollar esos territorios que el acto mismo de la escritura se vive como una ausencia o como una suerte de muerte provisional.
La realidad es opaca, decía Nabokov. La doble relación del hombre con el territorio de la realidad y con el territorio de la imaginación queda resumida en lo que llamaré la paradoja del unicornio. Durante muchos siglos aparecían en las playas nórdicas largos cuernos de marfil que en ocasiones alcanzaban dos o tres metros de envergadura, suavemente torneados, perfectos en su afilada forma. Eran tan apreciados que pasaban a ser propiedad de reyes y a formar parte del tesoro de las catedrales. Se dice que Carlos el Temerario, duque de Borgoña, llegó a pagar por uno de esos cuernos su peso en oro. Se le atribuían poderes mágicos. Su posesión era algo más que un emblema del lujo y del poder. Era el contacto con una joya inexplicable, ya que el origen de tales piezas resultaba misterioso. Se suponía que pertenecía al unicornio, un caballo que llevaba un largo cuerno en la frente, animal tan tímido que nunca se dejaba ver. Junto con el león, el unicornio pasó a formar parte del escudo de Gran Bretaña, procedente de las armas de Escocia. Así pues, el unicornio habitaba un territorio desconocido, del que fácilmente pasaba al mundo de los símbolos. La heráldica de uno de los países más poderosos del planeta no dudaba en utilizar su impacto sobre la imaginación. Pero su anclaje con la realidad, con lo palpable, con las tres dimensiones del mundo físico, era evidente. Allí estaba el precioso cuerno para dar fe de la existencia del caballo. Así eran las cosas, y el unicornio siguió siendo uno de los motivos predilectos de la iconografía siempre que se quisiera representar lo sublime y las aspiraciones de perfección. Mientras tanto el caballo pastaba en sus bosques umbríos y acudía a morir a las playas. Sin dejarse ver.
Al siglo XIX, al que debemos la ciencia positiva y la literatura de tipo catastral, le debemos también haber revelado el secreto del unicornio. Sucedió que con el desarrollo de las artes de pesca, se descubrió en los mares fríos un nuevo cetáceo, uno de cuyos colmillos se desarrollaba desmesuradamente formando una especie de lanza de marfil. A este mamífero pariente de las ballenas se le llamó narval. Desde tan interesante descubrimiento sabemos que los cuernos de unicornio son en realidad colmillos de narval. El tímido caballo de los bosques se convierte científicamente en un cachalote odontoceto, un gran pez chato, no demasiado raro, tampoco abundante, una curiosidad de la naturaleza siempre debido al fascinante colmillo. Así quedaba el unicornio definitivamente anclado en la realidad.
Sin embargo, no por eso desaparece la imagen del caballo unicornio, que prosigue su existencia autónoma, simbólica, al tiempo que el narval inicia la suya, científica, numérica (se pueden estimar los ejemplares capturados, se les puede medir y pesar). El cuerno del unicornio ahora es colmillo de narval. De ser mercancía sagrada o real, los colmillos de narval han pasado a ser un estimado objeto de anticuario o de comerciante de curiosidades naturales. Ahora se puede contemplar un cuerno de unicornio en el tesoro de la catedral de Ratisbona y un colmillo de narval en la tienda de un comerciante de Portobello. Los dos ámbitos coexisten, el territorio imaginario y el territorio científico, el territorio simbólico y el territorio real.
Sin embargo, cuerno o colmillo, las cosas pueden apreciarse de otro modo. La obra de arte siguen siendo la inusitada pieza de marfil en nuestras manos. Poco le interesa al novelista trazar la frontera que la ciencia y la mitología trazan con tanta facilidad. El unicornio sigue en el escudo de Gran Bretaña y el narval retoza por esos mares. Para el escritor la realidad es opaca, decía Nabokov, a quien hemos citado antes. Mi ambición es describir al cetáceo con palabras de unicornio. Es una paradoja que el novelista asume probablemente porque le ha sido otorgado el don de no comprender y la curiosidad de querer saber más.

( "la paradoja del unicornio" en "Encuentros en Verines", 1993, Asturias).

 


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Las cigüeñas de Zamora

La cigüeña es el animal emblemático de Alsacia, pero en Alsacia no quedan más cigüeñas que las cigüeñas de piedra de la catedral de Estrasburgo. En Zamora hay una gran cantidad de cigüeñas, muy reales, a veces en grupos de veinte o treinta cigüeñas, especialmente a la hora del crepúsculo, cuando se las ve regresar de las orillas del río. Algunas parejas tienen nido en las chimeneas o en los campanarios. Muchas otras cigüeñas desparejadas se conforman con los tejados, donde se sostienen sobre una sola pata con un aspecto triste y desolado, como jóvenes sin recursos económicos. Las afortunadas parejas con nido se saludan al atardecer con un repiqueteo peculiar, parecido a los golpes de un mortero de madera. Es difícil admitir que ese sonido primitivo sea el canto de las cigüeñas. En los pueblos de Castilla, cuando yo era niño, se decía que la cigüeña «majaba el ajo» para la sopa de la cena. La cigüeña es un ave que sufre unas transformaciones asombrosas. No basta con observar que se trata de un pingüino estilizado. Cuando la cigüeña se pasea por las charcas y estira su línea elegante hace pensar en las «moçitas de cuello albillo» del Libro de buen amor. Cuando se encoge y descansa en un tejado o en una chimenea se transforma en un mendigo jorobado. Las cigüeñas de Zamora pasaban la noche en los caballetes de los tejados, vueltas hacia la luz de las farolas, con la cabeza encogida entre los hombros, alineadas en filas regulares como en una crestería gótica. Todo el perfil de la ciudad se convertía en un monumento. Una tarde, un fuerte chaparrón derribó a una cigüeña sobre la Plaza Mayor mientras el público se refugiaba en los soportales. El pájaro sacudió las alas, alzó el pescuezo y recuperó cierta prestancia. Tenía las plumas empapadas. Mientras duró la lluvia se paseó por la plaza con un aire entre desafiante y desconfiado, como un mal actor engreído al que hubieran arrojado un caldero de agua.
Otra tarde, con un fuerte viento de nordeste, las cigüeñas parecían suspendidas en el aire, en estratos diferentes, inmóviles, a contraviento, con leves oscilaciones y cambios de nivel, en alturas y distancias de una distribución compleja, como en una escultura de Calder. El cielo estaba muy limpio. Aterrizar en un tejado con aquel vendaval era una maniobra peligrosa. Las cigüeñas la ejecutaban con movimientos hábiles, a veces acrobáticos, arriesgando mucho, acelerando bruscamente la caída, y volviendo a su
posición inicial en la figura, al pairo del vendaval, a preparar una segunda tentativa si la maniobra había fallado. En los atardeceres de paz las cigüeñas volvían a la ciudad en grupos mansos como rebaños. Entonces se percibía el poder arcaico de las cigüeñas.
Había algo en esos bandos de pájaros que se proyectaba a épocas muy remotas de la evolución. Viendo regresar a las cigüeñas de Zamora parecía que veíamos volar sobre un cielo azul y rojo a los últimos pterodáctilos.

(Iberia: La imagen múltiple, 2005).


****


"(...).
La paz era un plátano. Aquella niña rica que vereneaba en un chalet del pueblo y merendaba un plátano al atardecer en el jardín del chalet le había dejado para siempre la idea de lo que era la paz. Comerse un plátano. En sus años viejos María Antonia suspiraba. Muchas veces las viejas se ven a ellas mismas como niñas y recurren a las ambiciones de cuando fueron niñas. La memoria recupera al fin del ciclo de la vida las estampas de los comienzos de ese ciclo, como la reunión de los extremos de un movimiento circular. Los jóvenes no piensan en su infancia, al contrario, la desdeñan, la llevan en un saco a su espalda. Sólo los viejos vuelven a verse como niños en un hondo espejo extraído del fondo del saco. Pero si alguien le hubiera dicho a María Antonia que la memoria de su infancia era el síntoma del fin de su vida ella no lo habría creído porque temía la cercanía de la muerte y lo habría atribuido al retorno de ciertas estampas que a fuerza de resucitarlas en su memoria cobraban mayor nitidez. A veces tenía una expresión de inocencia o de perplejidad como si la ausencia de un momento del presente la devolviera a la infancia. Era afectuosa pero nunca había podido demostrarlo, de modo que el afecto y la necesidad de afecto se habían transformado en una relación complicada con el mundo. Es difícil admitir que se está llegando al pie del muro del tiempo. María Antonia podía suponer que se acortaba la distancia para traspasarlo. Sin embargo , se otorgaba un gran margen de futuro, primero por instinto, segundo por miedo y tercero porque se encontraba bien de salud.
(...)"

(Otras islas, 2009).

 


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[Ficha elaborada por Manuela Mammino]