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GALLEGO BARREDO, Vicente


 

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Poeta y narrador español nacido en Valencia en 1963. Dejó los estudios de letras para emprender trabajos tales como portero y bailarín en una discoteca, podador de pinos, repartidor de paquetes y pesador del vertedero de residuos tóxicos urbanos de Dos Aguas. Sus múltiples trabajos, han sido más que formas de subsistencia, aventuras más intensas que le han brindado la posibilidad de vivir la soledad del campo, para intensificar su vocación poética y escudriñar en la lectura de autores como Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda y Blas de Otero entre otros.

 


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POESÍA:

Santuario (1986)
La luz, de otra manera (1988)
Los ojos del extraño (1990)
La plata de los días (1996)
Santa deriva (2002)
La razón ebria (2003)
El sueño verdadero (2004)
Cantar de ciego (2005)
El sueño verdadero, Poesía 1988-2002 (2003)
Si temierais morir (2008)

Mundo dentro del claro (2012)

NARRATIVA:

Cuentos de un escritor sin éxito (1994)
Estación de paso; Plomo en el corazón (2003)
El espíritu vacío (2004)

 


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1987: Premio Rey Juan Carlos I por La luz, de otra manera
1990: Premio a la Creación Joven de la Fundación Loewe por Los ojos del extraño
1995: Premio Internacional de poesía Ciudad de Melilla por La plata de los días
2001: Premio Fundación Loewe por Santa deriva

2002: Premio Nacional de la Crítica de Poesía Castellana, por Santa deriva

 

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"(...)Todavía hoy subsiste el mito romántico del poeta, como alguien encerrado en su mundo, en otra dimensión, algo que ha hecho mucho daño, pero no es más que una persona que tiene la habilidad de urdir las palabras de forma bella, peor no tiene por qué ser un intelectual aunque esté de moda serlo. La poesía la única obligación que tiene es la de emocionar. Es el modo de interiorizar el mundo y luego devolverlo de alguna manera al exterior convertido en belleza."

(Dossier de prensa, acto de la Universidad de Alicante 15/01/2002)

"(...) La poesía es una cosa que uno escribe en absoluta soledad y la escribe para la eternidad, lo hace con esa intención y otra cosa es que luego dure cinco días o no dure nada porque es mala, pero creo que un escritor debe ser ambicioso siempre y deber intentar emular a Shakespeare y Cervantes. Luego cada uno se queda donde puede."

(Entrevista en el suplemento Imagina de La Rioja)

"(..)La poesía no tiene la costumbre de conce-derte caprichos: te tumba en la cama y te utiliza como si fueras su zorra. Y eso es lo que más nos gusta a las putas viciosas de la prosodia."

(El cultural 24/04/2002)


"Hace ya casi más de media vida, cuando era un joven arrogante, un antólogo me pidió que redactara mi primera poética, y yo me permití el atrevimiento de comenzarla negando la existencia de la inspiración. Aquélla fue mi ocurrencia del día, porque cuando uno no sabe, cuando no ha visto por sí mismo, lo más fácil es que incurra en opiniones, y lo que ocurre con las opiniones es que casi todo el mundo tiene una, y que todas terminan por cambiar. Acierta el refrán cuando nos previene de que sólo se aprende por experiencia propia. Hoy, veinte años más de lectura y escritura me han dejado como regalo una única certeza maravillosa: en arte, lo único que cuenta es la inspiración. Lo bueno y lo malo de las certezas es que no pueden sostenerse sobre el razonamiento abstracto, y que se manifiestan como el síntoma de la experiencia propia, por eso, cuando llegan, son definitivas. Jamás ha habido poeta verdadero al que le asista el derecho de reclamar la autoría de sus poemas.
Resulta evidente que, sin la mediación del poeta, la poesía no podría formularse, pero también es cierto que no hay poeta que valga si no lo toma de la mano nuestra divina madre, como la invocaba Píndaro, la Musa. El poeta no lo es cuando quiere, el poeta sólo está cuando se le revela la poesía; el resto del tiempo puede decidir entre callarse o manufacturar versos inflacionistas, con gran maestría retórica quizá, con toda la maestría de que disponga, pero el alma ni se compra ni se inventa.
(...)
Del mismo modo que ningún hombre puede asegurar que estará vivo al minuto siguiente, un poeta ignora si el poema que acaba de escribir será el último que escriba, por eso, cuando le preguntan acerca de sus intenciones y proyectos, se siente como un potro al que interrogaran sobre la dirección que tomará cuando comience a galopar. Un potro corre y brinca sin importarle a dónde va, disfrutando del trote y de la carrera porque sí, ya que esas actividades forman parte de su misma naturaleza. Vida y poesía nos atañen como un don, se resisten a nuestro deseo de gobernarlas.
A partir del romanticismo, se ha querido ver en el artista a un ser superior, a una persona, digamos, de altura; sin embargo, el autor no es nada en absoluto separado de su obra. ¿Quién fue Shakespeare en realidad, quiénes Velázquez o Mozart? Importa poco; como individuos todos somos la misma siembra de humo, igual cosecha de ceniza. Pero ahí están Hamlet, Las Meninas, La flauta mágica. Esas criaturas viven su vida inmortal sin saber nada en absoluto de sus autores. Para mí, el apellido Quevedo es poco más que un modo -muy querido- de nombrar algunos de los sonetos más prodigiosos que he leído en castellano; por eso, si pasado mañana se descubriera que esos versos se deben a cualquier otro, nada sustancial se perdería. Un apellido es poca cosa.
(...)
De modo semejante, el poeta no puede conformarse, a riesgo de sufrir un fatal extravío, con la belleza del verbo, sino que debe aspirar a su sustancia, aunque luego termine por encontrarse con la dimensión estética del lenguaje en su dejarse hacer. En la palabra poética lo bello es siempre un resultado y nunca un fin, un hallazgo sin batida o, como diría César Simón, una fiebre sin temperatura. La exhibición retórica ahoga la verdad del poema y, por otro lado, ninguna transmisión puede consumarse allí donde la polea no esté perfectamente engrasada. Así las cosas, la pericia técnica ha de convertirse en algo tan consustancial a la expresión que pueda uno olvidarla cuando llegue el momento
de enfrentar su trabajo, debe ser como la respiración, debe ser respiración tranquila. El oficio del poeta, como el del torero, es el arte de hurtase en el momento en que embiste el poema, para que sea el poema mismo el que pase solo y se dibuje limpio en el aire, no tocado siquiera del engaño que lo lleva.
(...)
El arte funciona como un rito de paso: exige una pequeña muerte, un sacrificio, quema en su fuego todas nuestras falsas posesiones y nos hace renacer, transfigurados. No debería existir nada semejante a un autor previo a la obra, una personalidad externa que pretenda dirigir y controlar, aportando su caudal de habilidades e impotencias, por eso resulta tan molesto cuando nos encontramos con el poeta en mitad del poema. El poeta debe ser como una puerta, como un cauce, o ni siquiera eso, porque puerta y cauce aún conservan una orientación, un trazado; el poeta debería quedar tan vacante como el espacio, de manera que el poema pueda deletrearse en él con libertad total. La personalidad y el estilo son los accidentes del arte y, en la medida en que el arte trasciende el estilo, lo llamamos universal. El estilo es inevitable, aunque sea el de no tenerlo apenas; sin embargo, una cosa es el estilo, que puede manifestarse con naturalidad, como el brillo reside en el color, y otra el estilismo, donde el brillo ha deslumbrado su propio objeto nodriza y nos lo presenta borroso a fuerza de dorarlo. Es la obra la que crea al autor a su imagen y semejanza y no al contrario, como se piensa. Por eso los poetas se sorprenden y nos sorprenden con sus navegaciones y regresos, con
sus arriesgadas piruetas, con sus locas mudanzas. No hay nada deliberado en su proceder. Sobre una nave sin timón, van a la deriva de los vientos, dispuestos a descubrir de nuevo las Américas.
(...)
La poesía me ha enseñado, entre otras muchas cosas, a desconfiar de mí, y ha situado en otro lugar mi confianza. Yo solo, nada puedo y, cuando alguna vez me pareció poder, me he dado cuenta de que no era yo el que lo podía. El poeta siempre lo intenta con el mismo amor, con el mismo conocimiento, con la misma nobleza de intenciones, pero la poesía acude a su llamada cuando gusta. El arte no es una elección, el arte es destino, por eso la manera de estar en el mundo del artista es crear, y la creación sucede a través de él sin más propósito o virtud que los que puedan atribuírsele a la araña como constructora de su tela o a la flor como dispensadora de aroma. Ahí no hay gusto por la exhibición, y tampoco hay motivo en el empeño, más allá de una necesidad todopoderosa.
El poeta está pagado con el gusto de su propio trabajo, ese será su alto jornal, por decirlo con palabras de un maestro, Claudio Rodríguez. El poeta escribe porque algo le obliga y lo seduce, sin otro fin que la misma creación, de la misma manera que el hombre se enamora."

(Vicente Gallego, "Sobre el arte de hurtarse", Ciclo Poética y Poesía conferencia 12/14 de Diciembre, 2006)

 


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SEPTIEMBRE, 22

Me dices que es absurdo el universo,
que la vida carece de sentido.
Pero no es un sentido lo que busco,
cualquier explicación o una promesa,
sino el estar aquí y a la deriva:
una simple botella que en la playa
aguarda la marea.
Sí, la palabra justa es abandono:
una dulce renuncia que me nombra
señor y dueño al fin de mi camino.
Queden hoy para otros
los afanes del mundo, y que mi mundo sea
la magia de esta casa
tomada en su quietud por la penumbra,
saber que nadie llegará
a interrumpir mi tarde,
que no habrá sobresaltos,
ni voces, ni horas fijas,
porque ahora es tan sólo transcurrir
mi gran tarea.

* * *

OCTUBRE, 24

Mediodía con sol,
redondo y sin final como el deseo.
Cuerpo y roca o sopor que los omite.
Soledad absoluta y el silencio
tan especial del mundo cuando calla.
Ausencia y plenitud.
Estancias y retornos.
Existir:
luz ya que en mí confluye. Sobrevivo.

* * *

NOVIEMBRE, 15

Con esta sola mano
me fatigo al amarte desde lejos.
Tendido bajo el viejo ventanal,
espero a que el sudor se quede frío,
contemplo el laberinto de mis brazos.
Soy dueño de un rectángulo de cielo
que nunca alcanzaré.
Pero debemos ser más objetivos,
olvidar los afanes, los engaños,
el inútil deseo de unos versos
que atestigüen la vida. Celebrar
el silencio de un cuerpo satisfecho,
esa altura sin dios a la que llega
nuestra carne mortal. Saber así
la plenitud que algunos perseguimos:
un hombre, bajo el cielo, ve sus manos.

(De La luz de otra manera)

 

IN DUBIO PRO REO

Esta tarde releo mis palabras
para ultimar su acento y ofrecerlas
a un oscuro editor. Y al repasar
sus sílabas exactas y traidoras
me tienta el desaliento y la pereza.
¿Dónde ocultan la vida que guardé
en su desván de sombras, dónde esconden
esa pasión que me obligó a trazarlas?
No hallo en ellas respuesta, y en su espejo
sólo descubro el rostro de un extraño.
No hay luz en mis palabras, y a mis ojos
carecen de belleza. ¿Por qué entonces
obstinarse en su engaño, y para qué
ofrecerlas ahora a los demás?
¿Quizá con la esperanza
de ese lector futuro que imaginó Cernuda?
Es hermoso su sueño, y el poema
es también muy hermoso, pero yo me pregunto,
descreído, si puede mi lectura,
con su fervor de hoy,
entregarle a aquel hombre una dicha
que escribió no sentir; si yo mereceré
ese incierto lector; y de qué extraña forma
los versos y la vida que sentimos frustrados
sabrán cumplirse un día en los ojos de otros.

* * *

LA OSCURIDAD DEL SIGLO

Hubiera sido un samurai,
un ser parco con precisión de tigre.
O en un mercado aquella prostituta
de los dientes enormes y picados.
Morir en un crepúsculo sangriento
o entregar por monedas mi calor.
Escribí sin embargo estas palabras
desde un siglo sin brillo, oscuro, triste,
como una, mujer fea que abandona
intacta, sin gozarla, el enemigo.

Al hombre oscuro y vil que renuncié
lo hubiérais alejado de los niños,
mas confiáis en mi apariencia bondadosa
y no delataré mi enfermedad.
Nada sabréis de sus secuelas, nada
del hombre que acompaña vuestros días.

* * *

VARIACIÓN SOBRE UNA METÁFORA BARROCA

A Carlos Aleixandre
Alguien trajo una rosa
hace ya algunos días, y con ella
trajo también algo de luz,
yo la puse en un vaso y poco a poco
se ha apagado la luz y se apagó la rosa.
Y ahora miro esa flor
igual que la miraron los poetas barrocos,
cifrando una metáfora en su destino breve:
tomé la vida por un vaso
que había que beber
y había que llenar al mismo tiempo,
guardando provisión para días oscuros;
y si ese vaso fue la vida,
fue la rosa mi empeño para el vaso.

Y he buscado en la sombra de esta tarde
esa luz de aquel día, y en el polvo
que es ahora la flor, su antiguo aroma,
y en la sombra y el polvo ya no estaba
la sombra de la mano que la trajo.
Y ahora veo que la dicha, y que la luz,
y todas esas cosas que quisiéramos
conservar en el vaso,
son igual que las rosas: han sabido los días
traerme algunas, pero
¿qué quedó de esas rosas en mi vida
o en el fondo del vaso?

(De Los ojos del extraño)

 

NUESTRAS EXTRAÑAS EXIGENCIAS

Para que tú me ames, para que yo conserve
tu amor más alto y puro, sólo debo
-me dices-
cumplir una mandamiento:
no mentirte jamás, no mentirte siquiera
cuando más necesites que lo haga,
porque tú -me aseguras-
lograrás perdonar cualquier ofensa,
cualquier traición si la confieso.
Y así, con un engaño, mintiéndote y mintiéndome,
demandas mi franqueza más suicida.

Por tu parte,
para que yo te ame, para que tu conserves
mi amor más alto y puro,
sólo debes cumplir un mandamiento:
no dejar de mentirme, porque no lograría
amarte en tu verdad.
Lo que yo amo es tu forma de engañarme.
Por lo que a mí respecta, complaceré tu gusto:
te mentiré jurando que no miento,
y si logro tenerte para siempre engañada,
habrás de agradecerme un amor tan sincero
que no sienta el impulso de decir su verdad,
porque es la verdad la traición más cobarde
y nadie necesita su confidencia cruel
por más que la suplique.

* * *

RECADO DE ESCRIBIR

Para Encarna Oliva

De qué forma explicarte que por ti
lo he hecho ya casi todo: renunciar a las otras,
renunciar a las noches en que ellas
en torno a mí giraban con la música
como giran las noches, como todo giraba
en aquel tiempo hermoso que juré
detener para siempre, como gira el deseo
al que he vuelto la espalda, como también a veces
la mirada se vuelve hacia esos días
que por ti he convertido en mi vieja leyenda.
De qué forma explicarte
que por ti me he desdicho: los amigos de entonces
se sonríen al verme, no me habla
mi soledad de siempre, ni siquiera el alcohol
me sienta como antes, y he perdido
mi destreza en el baile.
De qué modo explicarte, sin que lo entiendas mal,
que hasta mi juventud me va volviendo
la espalda, que por ti
lo he hecho ya casi todo, excepto aquello
que juzgabas tan fácil, que me pediste tanto
sin que nunca supiera atender tu ilusión:
el poema de amor que por fin te dedico
y que tal vez te oculten estos versos
sin halagos, sin rosas, estos versos
que no sabrán en nada parecerse
a los que tú soñaste. Un poema de amor
verdadero, sin trampas, sin palabras hermosas.

(De La plata de los días)

 

ODA

Tú eres canto de amor
bajo la piel traslúcida del día,
circulación del alma en las vistosas alas
de las formas terrestres,
destello que delata, jubiloso,
la condición solar de la materia.
Tú has sembrado en la noche
tu plateada flor iridiscente,
y es la muerte por ti una perla negra.

Tú eres alta embajada
del subterráneo fruto,
y está arriba tu sitio, en la fugaz
superficie lograda de las cosas:
brillo eterno del mundo,
rocío del mirar enamorado.

* * *

VENENOS Y REMEDIOS

Midiendo
con goteros
lo que aún me quedaba
de la sangre tenaz de la alegría,
se me pasó la noche.

Mientras la roja fiebre
trazaba su derrota
de pesados aceites y derivas,
yo me di a la congoja del que espera
ver su barco encallar.

Pasó la noche en pos de un rumbo oscuro,
y en la misma agonía,
en la intemperie alzada como un último techo,
fue buscándome el alba al fin la herida
para ofrecerme fiel su blanca venda
toda limpia de luz samaritana.

(De Santa deriva)

 

CANCIÓN DEL MALMARIDADO

Estuvimos enfermos, se quebraban
los cuerpos de los padres.
Fueron largas las noches,
y en ellas sospechábamos lo que nunca
nos cumpliera saber.

Deshojábamos
la negra margarita y nos amaba
la que con todos quiere,
la de la trenza fría.

Y fuimos mal casados.

Porque sólo nos quiso
la niña malcarada, mala boda arreglamos:
llovió nupcial arroz en nuestro día
y era amarga la semilla de achicoria
sobre los cráneos mondos.

Porque sólo nos quiso, madre,
la de la helada trenza,
la que con todos anda,
la que con todos quiere.

Y ay que es larga la noche,
por dormirla con ella.

(De Cantar de ciego)

 


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