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DIAZ PEREZ, Eva


 

DIAZ PEREZ, Eva

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Nació en Sevilla, en 1971. Se licenció en la Facultad de Ciencias de la Información. En su faceta como periodista, trabajó para el desaparecido Diario 16, y actualmente es columnista del periódico El Mundo, donde se dedica a los temas de cultura y crítica teatral. Colabora, además, en revistas como Sibila, Mercurio, Los Papeles Mojados, etc. Como escritora, comenzó su carrera literaria con El polvo del camino: el libro maldito del Rocío, y desde entonces ha escrito otras novelas que le han valido la participación en varios premios literarios.


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NARRATIVA:

El polvo del camino: el libro maldito del Rocío (2001).
Salvador Távora. El sentimiento trágico de Andalucía (2005) (escrito en colaboración con Marta Carrasco Benítez).
Memoria de cenizas (2005).
Hijos del Mediodía (2006).
El Club de la Memoria (2008).

El sonámbulo de Verdún (2011)

Adriático (2013)

ENSAYO:

La Andalucía del exilio (2008).

Sevilla, un retrato literario (2011)

 


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1997: Premio Ciudad de Huelva de periodismo.
1998: Accésit del premio Manuel Alcántara de periodismo joven.
2003: Finalista del premio de Periodismo Cultural Francisco Valdés.
2003: Finalista del premio Fernando Lara de novela con Memoria de cenizas.
2004: Finalista del premio de Periodismo Cultural Francisco Valdés.
2006: Premio de narrativa El Público de Canal Sur Radio con su novela Hijos del Mediodía.
2008: Finalista del premio Nadal con su novela El Club de la Memoria.
2008: Premio Unamuno por su novela Memoria de cenizas.
2009: Áccesit del Premio de Artículos Periodísticos Unicaja.
2009: Accésit del Premio de Periodismo Cultural Francisco Valdés.

2012: Premio Unicaja de Artículos Periodísticos

2013: Premio Málaga de Novela


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Creo que una de las características del narrador del siglo XXI es la sana obsesión por la vuelta de tuerca o, si se quiere, por retorcer el cuello al cisne de la ortodoxia literaria. De ahí la importancia de la transgresión, de la ironía, del sarcasmo, de la parodia, fruto de un tiempo de escepticismo, de una generación que ya no cree en héroes ni mitos ni utopías. Esa creo que sería la tarjeta de presentación de mi poética.
Pero es una poética mestiza donde el periodismo y la Historia se convierten en dos pilares fundamentales. Para reivindicación de los autores que caminamos en los terrenos deliciosamente fronterizos del periodismo y la literatura diré que escribir en los periódicos permite sufrir la muerte diaria de lo que escribes y sus efectos son muy beneficiosos para la vanidad y el ego tan habituales en este mundo de las letras. Qué lección ver tu texto, tan esmerado y cuidado, convertido en envoltorio, en socorrido material para limpiar los cristales o en suelo improvisado para la caca de un canario en su jaula.
Esa lección de la muerte diaria me ha servido para atreverme a jugar con la narrativa, a no considerar el texto como algo sagrado y definitivo. El periodismo literario puede ser un laboratorio donde ensayar muchas audacias narrativas que creo que, precisamente, son las que están permitiendo la reinvención de la novela contemporánea. Por ejemplo, el periodismo literario impulsa la voluntad por el juego narrativo, su estructura abierta y ágil incita a la búsqueda de nuevos artefactos narrativos, anima a la deconstrucción y decanonización de los géneros convirtiéndolos en sugerentes campos fronterizos, apuesta por la obra in progress o en marcha. Porque el reportaje periodístico es por naturaleza un texto en constante construcción. Su terminación de forma abrupta por simples cuestiones de espacio no tiene que ser definitivo. Siempre puede continuar. Es una obra abierta.
Escribir en los periódicos sugiere continuamente ese cuestionamiento de los géneros, esa incitación al juego. Esto no quiere decir que el planteamiento literario de un periodista sea un asunto frívolo, despreocupado. Al contrario, precisamente por ser periodista me he ocupado en mis novelas de la observación y de forma obsesiva por la documentación, por el dato riguroso, por la patología de lo verosímil. En Memoria de cenizas, una novela histórica en la que rescato un episodio silenciado por la Historia oficial, el asunto del erasmismo en España, esta obsesión llegó a ser extrema.
Además de esta patología por la realidad, tengo otra obsesión fruto de mi errabundia entre el periodismo y la literatura: la confusión entre realidad y la ficción. Y es así como entra el asunto de la Historia en mi poética. En mi segunda novela, Hijos del Mediodía, introduje de forma consciente esa confusión entre lo literario y lo histórico. Planteo la historia de unos locos letraheridos que vagan por la España anterior a la Guerra Civil. Son criaturas cervantinas que confunden realidad y literatura (primer territorio de juegos fronterizos) y que pasean por un escenario real, reconocible, histórico con personajes verídicos, como los poetas de la Generación del 27 (segundo nivel de confusión entre criaturas reales y criaturas literarias, o sea, inventadas).
En este libro experimenté con textos paraliterarios que pertenecen al mundo del periodismo. Para crear más desconcierto en el lector añadí un truco 'periodístico', introducir fotografías reales con el fin de dar verosimilitud a lo falso, o sea, a la ficción. No con el sentido en el que Sebald lo introduce en sus libros, sino con una intención de llevar la apariencia de verdad con la que se juega en los periódicos a una novela y a partir de ahí, hacer variaciones sobre la realidad.
Me gusta fabular a partir del dato histórico, a veces perdido, ocultado o incluso olvidado y a partir de ahí construir otra posibilidad histórica que está, naturalmente, hecha de hipótesis de raíz literaria. Es algo similar a la idea de Marcel Schwob y sus Vidas imaginarias, acercarse a personajes del pasado y plantear lo que les pudo haber ocurrido, pero que no aparece en las biografías oficiales.
Creo que el narrador del siglo XXI se encuentra ante un atractivo desafío: la reinvención de la novela, porque la novela no ha muerto sino que se transforma, como la materia. El narrador contemporáneo se encuentra en un momento clave y fascinante por dos circunstancias. Primero, a estas alturas se supone que el escritor ha asumido la tradición. En segundo lugar, del espejo stendhaliano en el que se reflejaba la novela no quedan más que los añicos provocados, afortunadamente, por las experimentaciones de las vanguardias. Las vanguardias nos dejaron sus frutos: miles de senderos abiertos al juego literario, a la búsqueda de nuevos artefactos narrativos, a la osadía de la deconstrucción, a la apuesta por la obra in progress o en marcha y la decanonización de los géneros ortodoxos, convirtiéndolos en sugerentes campos fronterizos, como el mestizaje entre novela, ensayo, metaliteratura, autoficción (la literatura del yo: memorias, diarios, autobiografías). Precisamente, en este terreno es donde se mueve mi última novela, El Club de la Memoria: la reconstrucción a partir de distintas voces narrativas de la memoria creando así una tensión entre pasado y presente.

 

 


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El vapor del tren llenó de brumas la vía. Arturo ya no podía verlo. Cernuda se había asomado por última vez a la ventanilla y no quiso volver a mirar. Hacía mucho tiempo que sabía que esa tierra en secreto ya se le hacía extraña. Ahora tenía por delante otros horizontes, otras inquietudes, otras ciudades, otros aires que le llamaban impacientes en los adentros. Pero también reconocía que en sus entrañas echaban raíces los recuerdos, la nostalgia que comenzó a tomar la forma poderosa de una sombra en el momento en que subió a ese tren. Se le agarraban con fuerza los muros blancos, las campanas, el vuelo de los vencejos sorprendidos al doblar una esquina, el color de las acacias, la alhucema fresca, la luz lívida que tiembla en una fuente, las riadas de su infancia en la ciudad arrasada por el Guadalquivir, las latanias, la frescura oscura del zaguán, la tristeza herida de un patio. Y, en el fondo, sospechaba que algún día vomitaría esa nostalgia, pero aún tendría que reposar muchos años para olvidar ese sabor acre de lo que dejaba atrás, de lo que comenzaba a no ser más que en su memoria.

Arturo recordaba la mirada triste de Cernuda aquella mañana en la habitación y luego el silencio, un silencio helado y litúrgico que se rompió cuando llegó la hora, miró por última vez desde la ventana y cogió la maleta. Cernuda entregó a Arturo un delicado cuaderno con las pastas de hule negro y páginas de papel biblia dolorosamente blancas y con un lejano aroma a canela alcanforada:

-Quiero que escribas las palabras que te asoman desde hace tiempo sin que quieras darte cuenta. Yo no sé si el misterio de los cadáveres literarios es un simple juego o algo más serio, pero alguien te está proponiendo rescatar la memoria perdida de la ciudad. Ya tienes el pasado en esos libros y tú eres el futuro, eres el poeta futuro. Escribe el alma de esta ciudad.

Arturo no supo qué contestar. Cogió el cuaderno y vio el blanco de las páginas e imaginó esas frases extrañas que a veces leía en sueños, pero que luego era incapaz de recordar. Sólo pudo mirar a los ojos de su amigo y guardar ese cuaderno en el que reposaría lo que más amaba: Cernuda y la literatura, lo único que podía salvarle.

En su despedida, Cernuda sólo quiso que lo acompañaran a la estación Arturo, Fernando Villalón y Adriano del Valle, otro poeta con pasado ultraísta como Gándara, y que era de los pocos que había conseguido continuar la amistad con el difícil poeta.
(De Hijos del Mediodía, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2006, pp. 231-232)
 


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Blog de Eva Díaz Pérez
http://evadiazperez.blogspot.com/

Páginas con reseñas sobre sus libros:
http://www.elmundo.es/papel/2005/07/05/cultura/1826834.html
http://www.elpais.com/articulo/andalucia/Eva/Diaz/Perez/resucita/memoria/literaria/politica/Sevilla/Hijos/Mediodia/elpepiautand/20060519elpand_33/Tes/

Entrevistas:
http://www.canalsur.es/informativos/noticia?id=11117&idCanal=713&idActivo=391


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eva.diaz@elmundo.es


[Ficha elaborada por Francisco León Rivero]